M+.- Nunca, desde que Brasil recuperó la democracia en 1985, un candidato que perdió la primera vuelta había remontado en la segunda. Hasta ayer.
La hazaña lleva el nombre de Lula da Silva, uno de los grandes líderes de nuestra era, el político responsable de sacar a millones de brasileños de la pobreza.
Si los tribunales confirman su victoria, Brasil habrá resistido el intervencionismo de Trump y la interferencia de Meta —gigante tecnológico que escandalosamente limitó las cuentas de Lula semanas antes de la elección.
El triunfo de Lula es inesperado y emotivo, pero es también una advertencia. El Bolsoranismo se ha hecho del congreso y ha mostrado enorme garra. La ultraderecha sedujo a casi la mitad del electorado y Lula perdió apoyo entre las clases medias bajas.
Los resultados electorales muestran que para que la izquierda se mantenga en el poder no basta con reducir la pobreza.
Si las personas que dejan la pobreza solo logran ingresar a una clase media precaria y frágil, éstas eventualmente terminan seducidas por partidos de derecha que les prometen una vida de emprendedurismo, servicios privados y mano dura contra el crimen.
México debe mirar con atención el caso de Brasil porque al igual que el partido de Lula, Morena ha sido mejor reduciendo la pobreza que construyendo una clase media próspera.
Los males que alimentaron el descontento brasileño también nos aquejan: hospitales saturados, trabajo precario por aplicación, créditos usureros y escuelas públicas incapaces de garantizar movilidad social.
Urge diseñar una agenda política que atienda a las clases medias bajas y no solo a los más pobres. Millones de comerciantes, pequeños empresarios y trabajadores independientes quieren hacer crecer sus negocios, comprar una vivienda, pasar menos horas en el transporte, vivir seguros y consumir más. Un Estado atado a la austeridad difícilmente podrá cumplir esas aspiraciones.
Quien piense que los programas sociales son suficientes para garantizar el voto debe saber que se equivoca. Sin un gobierno que logre generar un futuro económicamente sólido que no dependa de las transferencias del Estado, la ultraderecha comenzará a crecer en donde menos lo imaginemos.