Política
  • La leyenda de la Cueva del Diablo: la piedra donde Hernán Cortés “dejó las nalgas”

  • Hernán Cortés estuvo en Chametla en 1535 en su expedición hacia California. Una leyenda popular recuerda al conquistador sin solemnidad: que se sentó en una roca y dejó impresas sus posaderas.
El pueblo de Sinaloa que recuerda las nalgas de Hernán Cortés | Milenio
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DOMINGA.– La vida tiene maneras curiosas de devolvernos a los lugares donde alguna vez fuimos felices. A veces basta una conversación, una fotografía o un paisaje para que regresen recuerdos que parecían extraviados. A mí me ocurrió en una sala del Palacio de Gobierno del Estado de Sinaloa, durante una visita. Me había sentado a conversar con Graciela Domínguez, desde agosto gobernadora, cuando me señaló un cuadro colgado en la pared. Era una vista de la Cueva del Diablo, en Chametla, su pueblo natal.

No lo había reconocido. Pero bastó que la gobernadora me dijera qué lugar representaba para que volvieran los recuerdos de una excursión que hice cuando todavía estudiaba la preparatoria. Recordé un museo comunitario organizado por los vecinos, una cueva desde donde se contemplaba el mar y una piedra que, según cuenta la tradición popular, conservaba las huellas de las nalgas de Hernán Cortés.

–La Cueva del Diablo, ya vi. ¿Y andas contando que ahí se sentó Hernán Cortés?

–¡Sí, cómo sabes! ¡Están las nalgas! –respondió.

Nos reímos. No era la primera vez que compartíamos aquella historia. Muchos años antes, cuando ella era diputada federal, yo había tenido ocasión de contarla frente a varias de sus compañeras en la Cámara de Diputados. La anécdota había provocado entonces una carcajada colectiva y se había convertido en uno de esos recuerdos que sobreviven a las circunstancias en que nacieron.

Pero la historia había comenzado mucho antes de que Graciela Domínguez y yo nos conociéramos. Mi interés por el pasado indígena de Sinaloa comenzó durante la infancia. Mi padre era un gran aficionado a la arqueología y acostumbraba llevarme a caminar por los montes de Juantillos, el pueblo de nuestra familia, en el municipio de Mazatlán. Recorríamos las lomas buscando lo que llamábamos las “piedras de los indios”, que era la manera en que nos referíamos a las joyas arqueológicas, aunque estuvieran hechas de barro, obsidiana o pigmentos.

Vista desde la llamada Cueva del Diablo, donde presuntamente se conservaban las huellas de las nalgas de Hernán Cortés
Cuenta la tradición popular que dentro de la Cueva del Diablo se conservaban las huellas de las nalgas de Hernán Cortés | Roberto Véliz


También explorábamos los alrededores de pequeños caseríos, como Las Tatemas, Los Coyotes, El Olvido y El Cañón, entre otros poblados rumbo a la sierra.

Todavía conservo alrededor de cien vestigios encontrados durante aquellas caminatas, que tienen para mí un valor afectivo extraordinario. Mi padre me transmitió así el orgullo por nuestra herencia indígena y la curiosidad por conocer la historia de quienes habían habitado aquellas tierras mucho antes que nosotros. Por eso, cuando llegué a la preparatoria, las culturas prehispánicas de Sinaloa no eran para mí un asunto desconocido. Lo que encontré entonces fue a alguien con quien compartir y ampliar aquella curiosidad: Vincent Scardino, un profesor italoamericano que me impartía clases de Historia del Arte, con un interés particular por el patrimonio indígena.

Por aquellos años, un amigo de El Rosario me contó que los habitantes de Chametla estaban organizando un museo comunitario. La noticia despertó inmediatamente mi interés y el de Vincent. Decidimos ir a conocerlo.

Chametla es un pequeño pueblo de El Rosario, un municipio del sur sinaloense. Se encuentra en una región donde los ríos, las tierras de cultivo, los esteros y la cercanía del mar han favorecido durante siglos el establecimiento de comunidades humanas. Mucho antes de la llegada de los españoles, aquella zona ya había sido escenario de una prolongada ocupación indígena. Cuando Vincent y yo llegamos, el museo comunitario ocupaba un par de habitaciones de una casa que entonces estaba deshabitada.

No había grandes instalaciones ni recursos museográficos sofisticados. Las piezas se encontraban distribuidas sobre mesas y estantes, acomodadas como los vecinos habían podido. Había también algunas vitrinas. Recuerdo sobre todo la abundancia de piedras antiguas, objetos que sus habitantes habían reunido y que mostraban con un orgullo que no dependía de su valor comercial ni de la opinión de los especialistas.

Vista desde un dron de Chametla, poblado al sur de Sinaloa
Vista panorámica de Chametla, un poblado al sur de Sinaloa | Milenio


Aquella casa me impresionó más de lo que habría podido imaginar. Reconocí en sus habitaciones algo muy familiar: el mismo interés por las piedras de los indios que había acompañado mis caminatas infantiles. Pero había también una diferencia importante. Mientras mi padre y yo habíamos reunido nuestras piezas como parte de una afición compartida, los habitantes de Chametla habían decidido convertir sus hallazgos en un patrimonio comunitario –malacates que evocaban su arte textil, pieza antropomorfas que presumían su prodigiosa fecundidad, hacha de piedra, flechas y cuchillos de obsidiana que hacía patente su naturaleza a la vez guerrera y creativa– en una memoria que pudiera ser contemplada y reconocida por todos.

Los vecinos presumían su herencia totorame sin las solemnidades que suelen acompañar a los discursos oficiales sobre el patrimonio cultural. Para ellos estas piedras no eran únicamente restos de una civilización distante. Eran testimonios de que su pueblo tenía una historia anterior a la llegada de los españoles. Yo entendía perfectamente aquel orgullo. Lo había aprendido caminando con mi padre por las lomas de Juantillos y ahora lo encontraba expresado de otra manera en esta casa de Chametla.

Con el paso de los años he pensado muchas veces en aquel museo improvisado. Los objetos arqueológicos pueden estudiarse, clasificarse, fecharse y colocarse en vitrinas magníficamente iluminadas. Todo eso es necesario. Pero también existe una relación afectiva con el pasado que no siempre cabe en las cédulas de los museos. Los habitantes de Chametla habían reunido sus piedras porque las consideraban propias, porque reconocían en ellas algo que merecía sobrevivir al paso del tiempo.

Pero la visita no terminó en el museo. Los habitantes del pueblo nos hablaron también de un lugar que debíamos conocer: la Cueva del Diablo.

La Cueva del Diablo, una oquedad en un cerro cercano a Chametla
Pintura creada por Roberto Véliz de la Cueva del Diablo, una oquedad en un cerro cercano al poblado de Chametla | Roberto Véliz


Una piedra para el conquistador

Aunque no es propiamente una cueva geológica profunda, la Cueva del Diablo es una oquedad misteriosa en un cerro cercano a Chametla. Para llegar se debe subir una larga escalinata. El nombre oficial es el Mirador de Cortés pero la gente le dice así, porque en más de una ocasión jóvenes del pueblo han sufrido ataques de duendes, perros negros y otros aparecidos demoníacos que a más de uno han dejado un trauma que sólo podría tener un origen satánico.

El recorrido nos llevó a un punto elevado desde donde se contempla uno de los paisajes más hermosos que recuerdo del sur de Sinaloa. Abajo se extendía Chametla, rodeada de una vegetación que tiene poco que ver con las imágenes tropicales de palmeras interminables con que acostumbran promocionarse nuestras costas. Había arbustos, matorrales y árboles adaptados a los largos meses de sequía. Entre aquella vegetación se abrían claros que permitían distinguir el pueblo y, más allá, el mar.

Me impresionó especialmente esa combinación de tierra y agua, de cerros cubiertos por el monte y un horizonte que parecía prolongarse hasta el Pacífico. Era un paisaje hermoso, pero también un sitio desde el cual resultaba fácil imaginar la importancia que aquel territorio había tenido para sus antiguos habitantes.

Sin embargo, el recuerdo más persistente de aquella excursión no es solamente el paisaje. Es una piedra. Según nos cuentan los habitantes de Chametla, Hernán Cortés había pasado por aquel lugar y, en algún momento de su visita, se había sentado sobre una roca. La piedra conservaba unas concavidades que la imaginación popular había identificado como las huellas de sus nalgas. No sé quién fue el primero en atribuirlas al conquistador ni cuánto tiempo llevaba circulando aquella historia. Tampoco recuerdo que alguien intentara demostrar su autenticidad. La leyenda se contaba con una naturalidad extraordinaria, como si la presencia del trasero de Cortés en la geografía local fuera un hecho tan indiscutible como la existencia del cerro o la cercanía del mar.

Lo verdaderamente divertido era la manera en que los vecinos hablaban de aquella piedra. No parecía preocuparles demasiado la solemnidad del personaje. Hernán Cortés, el conquistador que había derrotado al imperio mexica y cuya figura ocupaba tantas páginas de nuestros libros escolares, había quedado reducido en Chametla a una huella anatómica. Los grandes acontecimientos de la conquista podían discutirse en las aulas y en los libros de historia. Allí, en cambio, lo que sobrevivía era la noticia de que el conquistador había dejado impresas las nalgas sobre una roca.

En Chametla, Hernán Cortés consiguió una inmortalidad peculiar. Quedó reducido en una huella anatómica
En Chametla, Hernán Cortés consiguió una inmortalidad peculiar. Quedó reducido en una huella anatómica | Octavio Hoyos / Milenio


Siempre me ha parecido una forma admirable de irreverencia popular. Los personajes históricos suelen aspirar a la inmortalidad mediante estatuas ecuestres, retratos solemnes, monumentos y nombres de calles. En Chametla, Cortés había conseguido una inmortalidad menos distinguida. La tradición lo había sentado sobre una piedra y, una vez allí, parecía no tener ninguna intención de permitirle levantarse.

No quiero decir con esto que los habitantes del pueblo hubieran concebido deliberadamente una sátira contra la conquista. Sería atribuirles una intención que desconozco. Pero el resultado tenía una comicidad irresistible. Mientras la historia oficial acostumbraba representar a Cortés como un hombre de armas, estrategias y ambiciones imperiales, la memoria popular conservaba una versión mucho más terrenal de su paso por Sinaloa. Después de todo, hasta los conquistadores tenían que sentarse a descansar.

Aquel contraste se quedó conmigo. Durante años recordé la cueva, la vista del mar y las famosas nalgas como parte de una misma excursión. No sabía entonces que volvería a encontrarme con aquella historia en circunstancias tan distintas.

La antigua Chametla en Sinaloa


Con los años descubrí que la importancia histórica de Chametla era mucho mayor de lo que alcanzábamos a comprender durante aquella visita de preparatoria. El pequeño pueblo que me había impresionado por su museo comunitario y sus leyendas ocupaba un lugar fundamental en la historia prehispánica del sur de Sinaloa. Mucho antes de que llegaran los conquistadores, la cuenca baja del río Baluarte había sido escenario de una ocupación humana prolongada, de intercambios comerciales y de formas de organización social y religiosa considerablemente más complejas de lo que sugería la imagen convencional de los pueblos indígenas del noroeste.

Las investigaciones arqueológicas realizadas en la región han permitido identificar numerosos asentamientos, montículos, basamentos y espacios ceremoniales. Chametla sobresale entre ellos como uno de los centros importantes del poblamiento prehispánico del sur de Sinaloa. Estos hallazgos contradicen la idea de que las sociedades de esta parte del país habían sido necesariamente pequeñas, dispersas y de organización sencilla.


Panoráma de Chametla donde al fondo se encuentra el mar
Jóvenes cuentan que han sufrido ataques de duendes y figuras demoníacas rumbo a la Cueva del Diablo | Octavio Hoyos / Milenio


El paisaje ayuda a comprender por qué sus habitantes eligieron aquel territorio. El río Baluarte comunicaba las tierras interiores con una región de marismas, esteros y lagunas cercanas al Pacífico. Las tierras fértiles permitían cultivar alimentos, mientras que las aguas proporcionaban peces y otros recursos. La cercanía entre el río, los campos agrícolas y el mar ofrecía posibilidades de intercambio con otras comunidades. No era un rincón aislado del mundo, sino parte de una extensa red de relaciones que conectaba el sur del estado con otras regiones del occidente de México.

Los totorames, que habitaban esa región cuando llegaron los españoles, formaban parte de una historia cultural que no comenzó con ellos ni puede reducirse a una sola identidad inmutable. Los arqueólogos han identificado distintas etapas de ocupación, tradiciones cerámicas y relaciones con el amplio horizonte cultural de Aztatlán. Las piezas que yo había contemplado sobre las mesas de aquel museo pertenecían, por tanto, a un pasado mucho más extenso que la memoria de cualquier familia del pueblo.

Me gusta pensar que los vecinos que organizaron el llamado museo, que no tenía nombre ni reconocimiento oficial, comprendían intuitivamente algo que la arqueología estaba ayudando a demostrar: Chametla no había comenzado a existir cuando los españoles llegaron a conquistarla. Ya había tenido generaciones de habitantes, con sus muertos, sus ceremonias, sus formas de cultivar la tierra y maneras de explicar el mundo. Las piedras eran testigos de aquella continuidad. No necesitaban conocer todas las respuestas para saber que valía la pena conservarlas.

Todo esto modifica también nuestra manera de contemplar la Cueva del Diablo. Desde aquel cerro no se observa solamente un paisaje hermoso. Se contempla el territorio de una sociedad que había construido su propia relación con los ríos, las montañas, el mar y los espacios ceremoniales. No sabemos con certeza qué función tuvo la cueva para sus antiguos habitantes, ni siquiera si desempeñó alguna función religiosa específica. Sería tentador imaginarla como un santuario indígena, pero la historia exige distinguir entre lo que sabemos y lo que nos gustaría encontrar. Lo indudable es que pertenece a un paisaje cultural cuya profundidad antecede por mucho a la conquista.

Los piratas de Mazatlán


Hay una dificultad que debo confesar. Soy mazatleco y, cuando alguien menciona la Cueva del Diablo, mi primera reacción es pensar en otra cueva, la que se encuentra junto al Cerro del Vigía pero en Mazatlán. Los mazatlecos hemos cultivado durante generaciones una extraordinaria afición por las historias de piratas. Nos gustan los barcos que aparecen en el horizonte, los tesoros escondidos, los túneles secretos y los desembarcos de aventureros que supuestamente eligieron nuestro puerto para esconder sus riquezas. A veces tengo la impresión de que hemos reunido más piratas en nuestras leyendas de los que realmente navegaron por las costas del Pacífico.

Vista desde arriba de Chametla en Sinaloa
Chametla no comenzó cuando los españoles llegaron. Ya había habitantes, ceremonias y una forma de explicar el mundo | Milenio

La Cueva del Diablo de Mazatlán forma parte de ese repertorio de misterios que acompaña la identidad turística de la ciudad. Su nombre despierta curiosidad, su ubicación frente al mar alimenta la imaginación y las historias que la rodean permiten agregar un poco de aventura a cualquier recorrido por el puerto. No tengo inconveniente en reconocer que los mazatlecos sabemos sacar provecho de nuestras leyendas. Después de todo, un puerto que ha vivido del comercio y, mucho más tarde del turismo, difícilmente iba a desperdiciar una cueva con semejante nombre.

Así que sospecho que nos hemos robado hasta la denominación. No lo digo como una afirmación histórica. Lo digo con la licencia que nos concede la rivalidad entre pueblos y con la convicción de que la Cueva del Diablo de Chametla tiene una historia mucho más antigua que contar. Mientras nosotros adornamos la nuestra con piratas imaginarios, los habitantes de Chametla conservan una leyenda relacionada con un conquistador cuya presencia en la región sí puede documentarse.

Hernán Cortés estuvo en Chametla en 1535, cuando organizaba una de sus expediciones hacia las tierras que serían conocidas como California. Su presencia se inscribía en las disputas que mantenía con Nuño Beltrán de Guzmán por el control de territorios, embarcaciones y posibilidades de expansión hacia el noroeste. Cortés reunió hombres y navíos en Chametla antes de emprender la travesía hacia la península.

De modo que la tradición de las nalgas tiene al menos un punto de apoyo histórico: Cortés efectivamente pasó por Chametla. Lo que no sabemos es si subió hasta la cueva, sí contempló desde allí el paisaje o si alguna vez descansó sobre la piedra que los vecinos le atribuyen. No conozco documentos que demuestren semejante acontecimiento. La historia pertenece al territorio de la leyenda, donde los hechos comprobables conviven con la imaginación y donde la memoria popular permite libertades que ningún historiador aceptaría como pruebas documentales.

La ironía es que Cortés no necesitaba ser pirata para participar en una empresa de conquista y despojo. Actuaba dentro de un orden imperial que le concedía autoridad a sus expediciones y legitimaba la apropiación de territorios que ya tenían habitantes. La diferencia jurídica entre un pirata y un conquistador era importante para la Corona española, pero desde la experiencia de quienes perdían sus tierras, su autonomía y muchas veces la vida, aquella distinción podía resultar bastante menos consoladora.

Hernán Cortés estuvo en Chametla en 1535. Se observa una virgen.
Hernán Cortés estuvo en Chametla en 1535, cuando organizaba una de sus expediciones hacia las tierras que serían conocidas como California | Octavio Hoyos / Milenio

En Chametla, además, la conquista había comenzado antes de la llegada de Cortés. Nuño Beltrán de Guzmán sometió la región durante su campaña de 1531. La incorporación del territorio al dominio español abrió un largo proceso de transformación de las comunidades indígenas, sus autoridades, sus relaciones económicas y sus prácticas religiosas. Los conquistadores no solamente ocuparon tierras. También llegaron acompañados de una religión que pretendía reorganizar la manera en que los habitantes comprendían el mundo. Los antiguos dioses, las ceremonias y los templos fueron observados con frecuencia desde una perspectiva cristiana que los identificaba con la idolatría y, en ocasiones, con la intervención del demonio.

Lo que para una comunidad formaba parte de una relación sagrada con la naturaleza, para los evangelizadores representaba una práctica que debía desaparecer.

No sabemos si la Cueva del Diablo de Chametla recibió su nombre como consecuencia directa de ese proceso. Tampoco contamos todavía con pruebas arqueológicas que permitan identificarla como un santuario prehispánico. Pero resulta difícil contemplar aquel paisaje sin preguntarse por las transformaciones que experimentaron sus significados después de la conquista. ¿Qué historias contaban los antiguos habitantes sobre los cerros? ¿Qué seres imaginaban en sus cuevas? ¿Cuáles de sus creencias sobrevivieron bajo nombres nuevos y cuáles fueron condenadas al silencio?

Hay una pregunta que me resulta especialmente sugerente: ¿quién llevó al diablo hasta Chametla? Los antiguos habitantes de la región no conocían al demonio cristiano tal como lo representaban los españoles. Fueron los conquistadores y evangelizadores quienes introdujeron esa figura dentro de un universo de creencias que tenía sus propias explicaciones sobre las fuerzas de la naturaleza, la vida y la muerte. Quizá la cueva adquirió su nombre mucho después, por razones que todavía desconocemos. Pero la pregunta conserva su fuerza porque nos recuerda que hasta los nombres de los lugares pueden contener la historia de una transformación cultural.

Y entonces reaparece Cortés, sentado sobre su piedra. Me divierte imaginar que la memoria popular encontró una manera involuntaria de invertir las jerarquías de la conquista. Los españoles llegaron convencidos de que podían juzgar a los dioses de los pueblos indígenas, destruir sus ídolos y sustituir sus creencias. Siglos después, en Chametla, el conquistador sobrevive en una leyenda que lo despoja de toda solemnidad.

Fotografía de un paisaje marítimo ubicado en Sinaloa
En Chametla conservan piezas arqueológicas, mantienen vivas las leyendas e incorporaron a Hernán Cortés sin concederle solemnidad | Octavio Hoyos/ Milenio

No es el vencedor de Tenochtitlan ni el explorador de nuevos mares. Es el hombre que dejó las nalgas marcadas en una roca.

Los mazatlecos podemos seguir contando nuestras historias de piratas. Pero debo reconocer que ninguna de ellas me resulta tan divertida como la del conquistador que terminó convertido en una curiosidad anatómica del patrimonio popular de Chametla.

Una carcajada en la Cámara de Diputados


Muchos años después de aquella excursión de preparatoria, coincidí con Graciela Domínguez en la Cámara de Diputados. Ella era diputada federal y yo sabía que era originaria de Chametla. En una ocasión nos encontramos rodeados de otras compañeras legisladoras y, como suele ocurrir cuando uno descubre que comparte referencias geográficas con alguien, terminé hablando de su pueblo.

Les conté que venía de una población pequeña del sur de Sinaloa que yo había conocido en mi adolescencia y que siempre había considerado hermosa. Recordé al profesor Scardino, con quien visité el museo comunitario, y a los vecinos que habían reunido las piedras de sus antepasados en una casa deshabitada. Les hablé también de la Cueva del Diablo y de las historias que sus habitantes contaban sobre Hernán Cortés.

Hasta que llegué, naturalmente, a las nalgas. Les expliqué que Graciela Domínguez era originaria de un pueblo donde se presumía conservar una piedra con las huellas del trasero de Hernán Cortés. La carcajada fue general. La solemnidad de la política desapareció por unos momentos y todos terminamos riéndonos de aquella extravagancia histórica. Le pareció divertir que yo conociera una de las leyendas más pintorescas de su pueblo. No era necesario añadir demasiados detalles. La sola imagen del conquistador dejando semejante recuerdo sobre una piedra bastaba para sostener la conversación.

Me gusta recordar aquella escena porque contiene algo que rara vez aparece en las fotografías oficiales de la política. Los legisladores también tienen pueblos, familias, recuerdos y leyendas que los acompañan. Pueden pasar horas discutiendo presupuestos, leyes y conflictos nacionales, pero basta mencionar una historia de su lugar de origen para que aparezca otra dimensión de sus vidas. Por un momento, Graciela dejó de ser una diputada y volvió a ser una mujer de Chametla que compartía con sus compañeras una broma sobre el personaje histórico que había dejado sus nalgas en el cerro.

En Chametla los hechos comprobables conviven con la imaginación
En Chametla los hechos comprobables conviven con la imaginación y la memoria popular permite libertades | Octavio Hoyos / Milenio


Nos tomamos una fotografía. Después, ella la publicó en sus redes sociales acompañada de palabras generosas sobre mi trabajo como escritor e historiador. Recuerdo que le agradecí mucho aquel gesto. No esperaba que una conversación tan informal terminara convertida en una expresión pública. Fue una de esas pequeñas muestras de afecto que permanecen en la memoria precisamente porque nadie estaba obligado a tenerlas.

Con los años he pensado que aquella anécdota decía también algo sobre nuestra relación con Sinaloa. Yo había llegado a Chametla movido por una curiosidad que había nacido en las caminatas con mi padre y que después compartí con Scardino. Graciela Domínguez había nacido allí y llevaba consigo una familiaridad con el pueblo que yo solamente podía conocer como visitante. Nuestras experiencias eran distintas, pero la historia de la cueva nos permitió encontrarnos en un territorio compartido: el de los recuerdos, el humor y el orgullo por las pequeñas comunidades de nuestra tierra.

Las vueltas de la vida


Y ahora estaba allí, frente al cuadro que la gobernadora eligió para recibir a quienes visitan su oficina. El mismo paisaje que contemplé en mi adolescencia aparecía en un espacio donde se toman decisiones sobre el presente de Sinaloa. Me pareció un detalle muy bello. No porque necesitara encontrar en él un mensaje político, sino porque reconocí la persistencia de un afecto por el lugar de origen. Chametla seguía acompañándola, como también había seguido acompañándome a mí, aunque nuestras vidas hubieran tomado caminos distintos.

Hay algo que, sin embargo, parece haber sobrevivido: la capacidad de Chametla para contar su propia historia. Sus habitantes conservan las piezas arqueológicas de sus antepasados indígenas, mantuvieron vivas las leyendas del cerro y encontraron una manera de incorporar a Hernán Cortés a su memoria sin concederle demasiada solemnidad. La arqueología ha confirmado la importancia de su pasado prehispánico, pero ninguna investigación podría sustituir por completo el valor de aquellas historias transmitidas entre vecinos.



Quizá la verdadera riqueza de Chametla se encuentre en esa convivencia entre la historia y la imaginación. Las piezas nos hablan de las sociedades que habitaron el valle del Baluarte mucho antes de la conquista. Los documentos coloniales permiten reconstruir la llegada de los españoles y las transformaciones que impusieron. Las leyendas, por su parte, conservan una relación distinta con el pasado: no siempre buscan demostrar lo que ocurrió, sino mantener vivos los relatos que una comunidad ha decidido recordar.

Por eso me gusta tanto la historia de las nalgas de Cortés. No porque crea que el conquistador dejó realmente impresas sus posaderas en aquella piedra, sino porque encuentro ahí una expresión magnífica del humor popular. Los grandes personajes de la historia pueden conquistar ciudades, organizar expediciones y disputar territorios. Pero una vez que entran en la memoria de los pueblos, pierden el control sobre la manera en que serán recordados.

Los mazatlecos podemos seguir presumiendo nuestra Cueva del Diablo y contando historias de piratas a quienes jamás conocimos. Yo, por mi parte, me quedo con la de Chametla. Tiene un pasado indígena que merece conocerse, un paisaje que todavía recuerdo con emoción y una leyenda capaz de devolverle el sentido del humor a la historia de la conquista. Y tiene, además, un cuadro que Graciela Domínguez escogió para recibir a sus visitantes. Cada vez que pienso en él, recuerdo que la vida da vueltas inesperadas y que algunos lugares permanecen con nosotros mucho después de haberlos abandonado. Aquel estudiante de preparatoria que subió a la Cueva del Diablo nunca habría imaginado que, tantos años después, volvería a encontrarse con el mismo paisaje en la oficina de una gobernadora nacida en aquel pueblo.

Me alegra que haya sido así. Y me divierte pensar que, después de casi cinco siglos, Hernán Cortés continúa sentado sobre su piedra, mientras los habitantes de Chametla siguen teniendo la última palabra sobre su trasero.


GSC


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