En México, la relación entre el tamaño de la población y la pobreza revela claros patrones formados por áreas con elevados niveles de concentración y dispersión poblacional, que se manifiestan a partir de la división urbano-rural presente en las 32 entidades federativas que conforman México. La distribución de la población desde luego interactúa con factores geográficos, históricos y económicos que a su vez interfieren con los niveles la pobreza y aunque los patrones observados de población no se generan necesariamente como consecuencia directa de los factores mencionados, estos muestran importantes correlaciones asociadas con procesos de industrialización, aglomeración de riqueza y acceso desigual a infraestructuras y recursos.
En México, el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social define la pobreza mediante una metodología multidimensional, la misma establece que una persona se considera en situación de pobreza cuando presenta al menos una carencia social y su ingreso es insuficiente para adquirir una canasta alimentaria y no alimentaria. La metodología evalúa dos grandes espacios: (1) el espacio de bienestar económico, medido por el ingreso y (2) el espacio de los derechos sociales medido por seis indicadores asociados a carencias sociales.
La metodología multidimensional de medición de la pobreza permite clasificar a las personas en condición de pobreza extrema cuando su ingreso se encuentra por debajo de la línea de pobreza extrema por ingresos y además presenta tres o más carencias sociales y a personas en condición de pobreza moderada cuando su ingreso se encuentra por debajo de la línea de pobreza y presenta una o dos carencias sociales. De manera que las personas en pobreza se conforman a partir de la suma de personas en condición de pobreza extrema y las personas en condición de pobreza moderada.
Diferentes estudios han encontrado la existencia de mecanismos causales específicos que operan de manera distinta en espacios geográficos. En contextos rurales y de baja densidad poblacional, la evidencia señala que a menor densidad poblacional se observa mayor pobreza. Los mecanismos causales identificados están asociados con el hecho de que la baja densidad poblacional impide el desarrollo de economías de escala asociadas con la dotación de infraestructuras públicas y servicios de educación, salud, agua potable, saneamiento y transporte, lo que se traduce en menores niveles de cobertura y calidad de los servicios, lo que perpetua sus condiciones de marginación, desigualdad y pobreza.
Se puede afirmar que existe un efecto positivo directo entre la dispersión poblacional y los niveles de pobreza. La baja densidad poblacional incide negativamente sobre los niveles de vida de la población. Sin embargo, no es la densidad baja per se, sino la dispersión y el aislamiento lo que encarece y dificulta la provisión de bienes, servicios y el acceso a oportunidades económicas. En contraste, en áreas urbanas, la relación entre densidad poblacional y pobreza opera de manera diferente. Por una parte, las economías de escala aumentan la productividad, lo que suele reducir los niveles de pobreza, siempre que vayan acompañadas de políticas públicas redistributivas. En un estudio con variables instrumentales se concluyó que “vivir en áreas densamente pobladas está asociado con menores niveles de pobreza y hacinamiento”, sin embargo, los efectos benéficos de la densidad tienen un límite. En ciudades densamente pobladas se puede observar una menor pobreza absoluta, pero una mayor pobreza relativa (se puede observar la convivencia de zonas de alta riqueza con asentamientos marginados), donde la alta densidad poblacional surge como resultado de la pobreza.
Por Gerardo Núñez Medina
El Colegio de la Frontera Norte
*Las opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quien escribe. No representa un posicionamiento de El Colegio de la Frontera Norte