Pocas cosas en el mundo son tan dulces como un caramelo. Bueno, un perro también tiene esa cualidad. La mayoría de estos animalitos tiene dos ojos que, al quedarse fijos mirando a un humano, parecen más bien dos bolas de miel, sí, también muy dulces. Un perro caramelo debería leerse, desde ya, como un tierno pleonasmo.
La Procuraduría de Protección al Ambiente del Estado de México (Propaem) declaró en estos días que el perro caramelo, ese mestizo color miel que lleva siglos durmiendo en banquetas y comiendo lo que le avienten, es ya un símbolo nacional. Aparece ahora en una lista oficial junto al xoloitzcuintle, el chihuahua y el calupoh. Tiene nombre. Tiene identidad. Tiene reconocimiento del Estado mexicano.
Lo que no tiene es hogar. Como casi todos sus congéneres.
México es el país con más animales abandonados del planeta. No de la región. Del planeta. De acuerdo con datos de Mars Petcare y la UNAM, 29.7 millones de perros y gatos viven en situación de calle. El 70 por ciento de todos los perros del país no tiene dueño. Cada año se abandonan 500 mil más. Cada día, mil 300 animales amanecen solos en una carretera, un baldío, la salida de una caseta. Tonalá, El Salto y Tlajomulco son focos rojos de maltrato animal en Jalisco, donde las penas ya alcanzan 18 meses de cárcel y de todas formas el problema crece.
Pero bueno, ya tienen nombre.
La idea, por cierto, no se nos ocurrió a los mexicanos. El “perro caramelo” nació en Brasil, donde se llama “vira-lata caramelo” y donde la marca de alimento Pedigree promovió, en 2025, una campaña de adopción porque los mestizos cafés tienen 90 por ciento menos probabilidades de encontrar hogar que un perro de raza. La campaña llegó a México en forma de video viral, la Propaem la adoptó con más entusiasmo del que adoptamos perros, las redes explotaron de orgullo y aquí estamos, importando el símbolo de lo nuestro desde Brasil.
Un clásico.
El perro caramelo lleva entre nosotros desde la época colonial. La UNAM documenta que siglos de cruzas le dieron una resistencia que ningún criador pudo diseñar. Nos eligió sin que lo eligiéramos. Durmió en nuestras puertas sin invitación. Sobrevivió el hambre, el frío, las jaurías, los coches, la indiferencia. Ahora, en el año 2026, México lo descubre y dice “este es nuestro”.
Sí. Siempre lo fue. Eso es exactamente el problema.
Hay algo que merece celebrarse, seamos justos. Dignificar al perro sin pedigrí en un país que venera el linaje, en los animales y en otras cosas, no es poca cosa. Cambiar la percepción hacia los mestizos puede mover adopciones, puede mover conciencias, puede mover algo. El símbolo tiene un para qué.
Nomás que un símbolo sin esterilización masiva, sin albergues suficientes, sin cultura de adopción, sin consecuencias reales para quien abandona, es solo eso. Una imagen bonita para compartir con corazoncito. El Estado mexicano no requiere más íconos. Requiere clínicas veterinarias públicas, campañas permanentes, municipios que cumplan la ley que ya existe.
El verdadero homenaje al caramelo no es ponerlo en un cartel junto al xolo. Es no botarlo. Me hierve el buche.