Política

Esta gripa en mí

Más de una semana con esto y no se me quita. Incluso empeora. Sé lo que hay que hacer porque todo el mundo lo sabe. Descansar, tomar líquidos, dormir. Lo que nadie dice es que para ciertas personas esas tres instrucciones son complicadas. Descansar implica parar. Y parar, para quien desde chica malinterpretó que un límite y una jaula son la misma cosa, es una situación tensa. Hay que aprenderlo. Yo, a esta edad que no es poca, sigo en eso.

Me tomé un té. Quien me conoce sabrá que esto es una rendición considerable. Siempre trate al té como una bebida tibia sin convicciones, medicina sin medicina, agua caliente con pretensiones de cariño. Para los momentos vulnerables siempre estaba el café, que al menos es honesto en lo que provoca. Sin embargo lo hice. Una taza de esa nada en la mano, intentando negociar con mi cuerpo.

Me pareció revelador, ahora que tuve más tiempo del habitual para pensar, hacer una lista de la jerarquía de obediencias que cargamos sin haberlas elegido. Obedecemos fechas, formatos, tonos, personajes que fuimos construyendo sin darnos cuenta y que ahora operan casi solos. Obedecemos el mandato de estar disponible, de responder, de no flaquear, de producir aunque producir no produzca nada que valga. Todo, eso sí, con una supuesta disciplina que francamente nos sorprendería si la volteáramos a ver. Al cuerpo, en cambio, lo tratamos como un empleado al que se le pueden pedir horas extra indefinidamente. Hasta que el cuerpo presenta su renuncia en forma de mocos y escalofríos.

Hay algo anterior a todo eso. Yo aprendí que los límites eran iguales a la pérdida de libertad. Mal. Si. Es probable que haya sido la forma en la que me criaron. Tanto cuidado que ese cuidado se sentía como una forma de control. El caso es que crecí huyendo de los límites como quien huye de una celda. Cuando el cuerpo llega y me pone uno, lo que siento no es solo malestar físico. Es algo más viejo y más terco. La resistencia de quien todavía no termina de entender que parar no es perder.

Para acabarla, Cascarita, Kubrick y Filip no entienden de diagnósticos médicos. Tampoco los otros dos que me dejaron a cuidar, por los cuales respondo porque soy así, porque decir que no tampoco es lo mío. Cinco perros no saben de gripe ni de convalecencia ni de jerarquías de necesidades humanas. Entienden que es hora de comer, que hay cacas que atender, que el mundo de cuatro patas no se detiene porque la de dos piernas ande destilando. Tienen razón, con cierta manera demandante y amorosa que solo los perros logran. Ellos sí saben lo que necesitan y no se disculpan por pedirlo. También algo habrá que aprender de eso.

La gripa llegó y se instaló sin mayores aspavientos. En el fondo, sabe que nunca podrá ser ignorada. El cuerpo no está cerca, no tiene relaciones públicas, no tiene intermediario. Dice basta y es basta. Yo, mientras tanto, sigo intentando escucharlo.

Tomo el té… y sí, me hierve el buche.


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Teresa Vilis
  • Teresa Vilis
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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