Política

Los que no desaparecen

Hay palabras que se pudren de tanto usarse. Desaparecido es una de ellas. La mencionamos como decimos tráfico, mundial, lunes. La dicen los gobernantes detrás de las cámaras. La escribimos en los periódicos. La vomitan las cifras. Desaparecieron tres. Desaparecieron cinco. Desaparecieron veinte. Es un verbo que, en el imaginario colectivo, es igual a desvanecerse. Eso me parece imposible. Una persona no puede borrarse así de fácil. El mundo no tiene la capacidad de tragarse a alguien sin dejar residuos.

Los desaparecidos nunca desaparecen.

Ahí están.

En Lagos de Moreno, por ejemplo, donde las madres buscadoras encontraron otra vez la evidencia de esta época nauseabunda. Crematorios clandestinos, restos calcinados, fosas, humo. Humo. Qué palabra tan antigua y tan bíblica para un horror tan actual. Dicen que todavía olía a carne quemada. Que había fragmentos de hueso. Que el fuego seguía respirando debajo de la tierra.

Aún así les seguimos diciendo desaparecidos.

Es falso. Los desaparecidos no desaparecen. Cambian de dimensión.

Habitan un sitio que no conocemos y que tampoco tiene nombre. No es la muerte. La desaparición es una puerta mal cerrada. Un cuarto donde la luz parpadea para siempre. Un mensaje que nunca termina de escribirse.

En esa dimensión hay una mujer que dejó lista la comida y jamás volvió. Un muchacho que tenía tenis nuevos para entrar a la preparatoria. Una niña que aprendió demasiado pronto que los adultos pueden convertir el cuerpo ajeno en basura. Hay hombres que todavía creen que van manejando de regreso a casa. Hay hijos que no saben que ya son huérfanos. Hay madres suspendidas en el segundo exacto donde dejaron de escuchar una voz.

Tal vez por eso las buscadoras escarban la tierra como si quisieran que se abriera un agujero entre dos mundos. Lo insoportable, además de la muerte, es esta forma de existencia rota donde alguien sigue estando y no está. Donde una madre debe reconocer a su hijo por un pedazo de tela chamuscada o por una muela.

Con todo y todo, la vida sigue sucediendo. Pasa el camión. Abren los bancos. La gente sube historias al Instagram. Los políticos inauguran obras para recibir a los millones de turistas que anunciaron su llegada a esta ciudad para presenciar la gran Copa del Mundo... Todo ocurre encima de las fosas, en medio de una convivencia patológica, y hasta morbosa, con el espanto.

Parece que el verdadero triunfo de la violencia no fue matar sino administrar, en pequeñas dosis, la repugnancia. Así, ya no sentimos nada cuando escuchamos la palabra desaparecido.

Basta con mirar un crematorio clandestino para entender que no hay desaparición posible. El cuerpo siempre habla. El humo habla. La tierra habla. Los huesos hablan. Incluso el fuego termina confesando.

Los desaparecidos no desaparecen. Nos rodean.

Y hay noches, sobre todo en Jalisco, donde uno siente que también empieza a pertenecer un poco a esa dimensión. Me hierve el buche.


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Teresa Vilis
  • Teresa Vilis
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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