El dinero, el amor y la Inteligencia Artificial… se notan. No nos hagamos tarugos.
Hoy, la mayoría de los textos que se leen en una redacción están hechos con IA. Empezando por los comunicados de gobierno, universidades o cualquier institución que quiera informar sobre sus actividades, o fijar una postura. No se diga lo que se publica ya como información en los medios. La IA se nota. Aunque el texto esté bien redactado, aunque no haya un solo error de ortografía, aunque suene profesional y neutro y completo.
Se nota.
Un texto sin IA tiene la huella de quien lo escribió. El giro raro, el adjetivo de más, la cita que nadie necesitaba pero que el reportero metió porque le pareció importante. Esas imperfecciones son rastros. Ahora casi no hay rastros. Hay textos que no vienen de ningún lugar. Hay editores que “revisan” los textos, los meten a un sistema, le piden que redacte, y lo que sale es otra cosa. Una cosa correcta y sin carácter. Sin la coma que el reportero puso porque así respira la frase. Sin el verbo que eligió porque conoce el tema. El texto queda “bien”. Pero es como un texto muerto, sin alma.
No nos hagamos tarugos.
El criterio periodístico no se genera con un prompt. Se necesitan años. Se construye leyendo libros de verdad. Escuchando a las fuentes con la atención de quien sabe que lo que no se dice importa tanto como lo que sí. Discutiendo con un editor que tiene argumentos. El criterio es sedimento. Tarda en hacerse. No hay manera de fingirlo.
La ignorancia también se nota, con IA o sin ella. Al reportero que no conoce el tema lo delatan sus preguntas sin filo, sus declaraciones sin contrapeso. Con el uso de estas tecnologías, hay textos que suenan bien y no arriesgan nada. Ninguna máquina puede inventar lo que el periodista no sabe. Puede maquillar la ignorancia, ponerle estructura, darle aire de sabiduría. Pero la ignorancia sigue adentro, bien redactada. El texto sale igual de hueco, nomás que ahora está peinado.
El criterio amarillista también se nota. El que no sabe más que hacer drama con lo que ocurre, el que convierte cualquier cosa en escándalo porque investigar le queda grande y pensar le aburre. Ese tampoco se esconde. La IA lo viste igual, le corrige las faltas, le emprolija el párrafo. Pero el fondo sigue siendo el mismo ruido disfrazado de información.
Si esto sigue así, el periodismo seguirá perdiendo lectores. No por culpa de esta herramienta sino por culpa de quienes la usan para no hacer su trabajo. Los textos planos, intercambiables, plagados de las mismas frases que cualquiera reconoce ya como marca de fábrica de la mediocridad asistida, le interesan a cada vez menos gente. Y con razón.
La Inteligencia Artificial no inventó esta insipidez. Solo la volvió más presentable. Usada sin oficio ni criterio produce textos que se leen como textos y no dicen nada. Una voz que no viene de ningún lugar, que nunca estuvo en ningún lado, que no tiene nada que decir y lo dice muy bien. Me hierve el buche.