Política

Las tormentas, y el Mundial, de junio

  • Me hierve el buche
  • Las tormentas, y el Mundial, de junio
  • Teresa Vilis

El Mundial llegará a Guadalajara en junio.

Junio. Para quien no vive aquí la palabra no significa gran cosa. Un mes más en el calendario. El principio del verano, lluvia, firmamentos atiborrados de nubes que bien pueden servir para una hermosa selfie.

Para Guadalajara, junio es otra cosa. Junio es cuando el cielo decide recordarle a la ciudad que nunca resolvió la situación. Basta un aguacero serio para que las avenidas recuperen su vocación de río, los túneles desaparezcan bajo el agua y los autos queden casi inmóviles, como se quedan los huesos en la olla de un cocido de res, mientras se enfría.

Pasa cada año. Llega el vendaval, se descarga con ira y, en cuestión de minutos, el paisaje cambia de forma. Los coches avanzan como si navegaran, los peatones se detienen a mirar cómo crece la inundación y varios cortos circuitos apagan los semáforos de las avenidas principales. Esto cuando no se derrumban colonias enteras con víctimas mortales.

En ese escenario ocurrirá el dichoso Mundial. Los partidos programados en Guadalajara se jugarán cuando empieza el temporal. No antes. No después.

Miles de aficionados llegarán con camisetas, banderas y entusiasmo. Algunos descubrirán pronto esta peculiaridad. Cuando llueve de verdad, Guadalajara se vuelve anfibia. No queda de otra.

De por sí, con lluvia o sin ella, la capital jalisciense lucha cada día para transportar a su propia población. La vialidad se traba con facilidad, el transporte público se satura y moverse de un punto a otro puede tomar más tiempo del que cualquier persona razonable consideraría lógico.

Ahora, agreguemos visitantes. Desde el aeropuerto ya se ensayan soluciones curiosas. Usuarios de vehículos de plataforma obligados a caminar, bajo el sol o bajo la lluvia, hasta el lugar donde abordarán el auto que los llevará a su destino.

A esto se suma otro elemento que tampoco aparece en los folletos turísticos. La inseguridad.

El estado vive bajo la sombra persistente del crimen organizado. Cada cierto tiempo la violencia irrumpe con una espectacularidad que recuerda que aquí también hay tempestades que no provienen de la naturaleza. Por eso se anuncian operativos gigantescos para el Mundial. Y menos mal.

La fiesta del futbol llegará rodeada de policías. En los discursos aparece una ciudad moderna, preparada para recibir al mundo. Se habla de derrama económica, de orgullo internacional, de la oportunidad de mostrar la mejor cara. Falso.

Mientras, el calendario avanza hacia junio. Imagino la escena. Turistas mirando incrédulos una avenida convertida en lago. Aplicaciones de transporte que no responden. Multitudes avanzando con cautela mientras el agua sigue cayendo, o subiendo, según sea el caso.

Después de sumar los posibles contratiempos, en el imaginario colectivo tapatío deambula una idea que suena poco diplomática pero bastante sensata: ojalá que el Mundial se cancele.

No por el futbol. Parece que es muy difícil entender que el horno no está para bollos y, mucho menos, para una justa deportiva de tal magnitud. Me hierve el buche.


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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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