Política

Evasión de azúcar

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Escribo en un chat de amigas y empezamos a hablar de futbol. Lo que hay que oír... pienso. Nosotras, que somos “de otra especie”, las que nos inclinamos al arte, al entretenimiento, al puro desquehacer. Las que agradecemos lo bello y nos preocupamos por las injusticias sociales. El futbol no vive en nosotras, ni por asomo. Sin embargo, algo pasó.

Los humanos, en general, estamos como programados para huir un poco de lo real. En ese chat, alguien avienta una idea y respondemos. Sin quererlo, sin buscarlo, algunas nos contagiamos del furor. Es muy sencillo aferrarse a un equipo de futbol. Sentirse bien si gana. Sentirse triste y acompañada si pierde. Ganamos, decimos. Sentimos como si nuestro cuerpo estuviera en la cancha. Vamos, decimos, y en ese vamos hay una niña que quiere ser feliz sin tanto esfuerzo. Es tan fácil creer, por unos minutos, que la dicha llega sin pagar por ella.

Lalis pregunta. Su pregunta atraviesa la conversación y la lleva a otro lugar. Qué pasaría si esas 130 mil personas apretadas en la Minerva, celebrando a la selección, se juntaran y se plantaran en Casa Jalisco a exigir agua limpia, a exigir que dejen de desaparecer los hijos. Qué ciudad seríamos entonces. Tiene razón. La razón, muchas veces, duele más que la mentira.

Pienso en la evasión como un derecho de los vivos. Todos huimos. Huimos de la historia, de nuestra propia historia, de las cagadas del mundo. Hay dioses. Hay religiones. Hay drogas. Hay alcohol. Hay ejercicio, comida, trabajo. Hay un sinfín de puertas para no mirar. El futbol abre una más y, adentro, en el Mundial, está el calor de la manada, la sensación de que ganamos en jauría.

Nada más animal que ese nosotros. Nada más antiguo. Somos animales que se abrazan cuando la pelota entra. Tan animales como quienes gobiernan promoviendo la guerra, el genocidio y otras cien mil crueldades. El mismo instinto en orillas opuestas.

Estamos enojadas. Con todo lo que pasa en el mundo. Con esta ciudad pretenciosa que no oye lo que sucede en las colonias que no tienen los reflectores encima. Con gobernantes muy parecidos a Minutillo y Manecilla (unos payasos callejeros que intentaban amenizar las fiestas de mi infancia y a los que corresponde ofrecer una disculpa por esta comparación). El enojo no se va. Vive a nuestro lado como una segunda piel.

Aun así, me descubro diciendo vamos. Me descubro contagiada sin buscarlo. La desolación llega constante y el cuerpo pide una tregua. Un rincón donde la felicidad parezca posible sin tanto esfuerzo.

No sé cuál evasión es peor. Si no es una, es otra. El punto es que evadimos. El punto es que somos frágiles y buscamos, en la noche de todos los días, algo que nos arranque de la intemperie, algo que nos saque de la devastación, aunque sea un instante. Nadie aguanta siempre despierto las monstruosidades del mundo.

Escribo esto sabiendo que pronto volveré a la rabia lúcida, al agua sucia y a los que faltan. Es imposible negar esta condición que nos hace, de vez en cuando, decantarnos por la evasión en lugar de la conciencia social. Por un rato, dejé que la evasión me habitara. La dejé entrar como se deja entrar a la noche. Bendita sea, mientras no se coma mi memoria. Me hierve el buche.


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Teresa Vilis
  • Teresa Vilis
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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