Esta semana no me hierve el buche. Eso me inquieta más que cuando sí me hierve.
Empiezo a escribir y me detengo. Busco la indignación de siempre, la palpo como se palpa un dolor en alguna parte del cuerpo y no está. O está tan sepultada bajo cansancio que ya no distingo si es rabia o resignación lo que siento cuando pienso en el Mundial que arranca hoy aquí, en esta ciudad, en este país.
Entiendo el fútbol. O más bien, entiendo lo que le da a la gente.
Cuando el equipo gana, ganamos. Cuando pierde, ellos perdieron. El cerebro libera dopamina de todas formas, convoca esa sensación necesaria de pertenecer a algo más grande que la propia vida pequeñita. En este mundo donde cada vez más gente se muere de soledad, al menos clínicamente, eso no es poca cosa.
Entonces pienso en el bolero con décadas lustrando zapatos en Plaza Liberación. La semana pasada lo reubicaron a la fuerza. Su espacio ahora es territorio FIFA. La plaza clausurada para él, abierta para el Fan Fest que la FIFA monta como escaparate de generosidad mientras cobra fortunas por boletos que ningún tapatío de a pie puede pagar. Ni qué decir del costo de las bebidas: una lata de cerveza en 160 pesos.
Lo entiendo. Y ya no sé qué hacer con tener que entender tantas cosas al mismo tiempo.
No es que el mundo haya empeorado. Lo jodido existe desde que somos humanos. Lo que cambió es que ahora nos enteramos de todo, mal y pronto, y el enojo acumulado ya no cabe en el cuerpo de una sola persona que además tiene que escribir una columna cada miércoles.
Gaza. Los cuerpos en Las Pintitas. Las madres buscadoras que pegaron rostros de desaparecidos en álbumes del Mundial porque la visibilidad internacional es el único idioma que a veces funciona. Verónica Delgadillo diciendo que no hay desplazamiento, que todo es “corresponsabilidad”, un saxofonista del Centro Histórico que junta papeles para pedirle al ayuntamiento permiso de tocar en su propia ciudad. Mientras, Erandini, mi amigo y monero reconocido desde hace décadas, tampoco puede ponerse en algún lugar público para hacer lo que siempre hizo, retratos de paseantes y turistas.
El mundo no está para mundiales. Pero nunca ha estado y aquí seguimos.
Hay algo que los críticos de los espectáculos deportivos, masivos y abusivos solemos pasar por alto. El placer colectivo no es un lujo burgués. El señor que ve el partido con sus hijos en una tele prestada, en una colonia sin agua cada tercer día, no está siendo manipulado. Está siendo humano. Tomando lo poco que le ofrecen y convirtiéndolo en algo suyo.
La cosa no es que la gente disfrute el fútbol. Es que los que organizan el disfrute ajeno se quedan con todo lo demás. El circo existía antes que la FIFA y nuestros gobiernos. Lo diferente es el descaro con que hoy se administra la exclusión. Quién entra al estadio, quién puede quedarse en su barrio, quién existe en la foto que la ciudad le muestra al mundo.
Hoy habrá goles y abrazos entre desconocidos en la calle. Ese abrazo es real. Y también es real el bolero que no ganará nada.
Las dos cosas caben en el mismo jueves. Eso es lo más difícil. No elegir entre la indignación y la comprensión, sino cargar con las dos…