“Circunstancia de haber estado ausente en el lugar y el momento en que se perpetra un acto culposo” es la definición de coartada que me ofrece mi viejo diccionario sin lomo y con hojas sueltas en la sección de palabras que empiezan con C. Ha de haber algún truco. Están cerradas las puertas, selladas las ventanas, rotas las cortinas, destartalados los muebles; aún así me encuentro en una sala de espera. Mi silla es incómoda; los bordes metálicos se encajan en mis piernas y el respaldo tieso me provoca pequeños aguijones de dolor. Noto que la conciencia de mi cuerpo suele ser negativa. Me busco los pies con la cabeza y levanto el izquierdo, lo estiro y lo vuelvo a poner en el tapete; hago lo mismo con el derecho, pero antes de regresarlo a su sitio lo dejo unos instantes en el aire y recuerdo la canción del sábado acerca del sol que se oculta cuando “el amor se distrae con otra vida”. Hubo una cara en un cuadro; hubo seis caras frente a una pantalla; luego el repaso y el remordimiento alrededor de las nueve de la noche. Nada fuera de lo común. Un silencio no es mi silencio. Lo observo como si fuera un títere en la calle desierta. Lo veo moverse hacia la esquina donde el semáforo está en rojo. Es una persona con un paraguas y es una sombra debajo del poste. No debo exaltarme. En el borde inferior de mi libreta hay una consigna: keep it real, innecesaria en mi sala de espera. Tengo datos por si se ofrecen. Hoy me entero en el periódico de que Dante medía 1.65, que “persiste el periplo histórico de sus huesos” y sigue el pleito de su posesión entre Ravena y Florencia; también de que en una primaria de Azcapotzalco hay tal plaga de ratas que los padres de los niños temen que “estos acaben mordidos” y piden, por lo tanto, que continúen las clases virtuales. Advierto, quizá con lentitud, que se califica o descalifica al miedo ideológicamente. Alguna autoridad menor señala que, a fin de cuentas, las ratas establecerán sus propias costumbres y aprenderán a convivir en armonía con los niños, tal como ya sucede en los parques: “son amplias las zonas de convivencia en los rincones de la patria”. Escribo los sinónimos del caso: “país, cuna, pueblo”. Gruta, cueva, abismo. Sima, hoyo, pozo. Comienzo a armar mi serie de constelaciones. Coloco de un lado a José Juan Tablada (1871-1945): “los Cormoranes de la idea en las riberas de la meditación de los ríos Azules y Amarillos”; del otro, a Gertrude Stein (1874-1946): “water astonishing and difficult altogether makes a meadow and a stroke”. Me digo, solemne, que las vanguardias se cruzan con la cronología como las liebres con las luces de los coches en una carretera; o la luna con la tinta en un plato de jade. Según me informan en una grabación, un tribunal de especialistas juzgará si existe pertinencia en el asunto de “proponer tradiciones alternativas de parejas dispares”. Presiono la tecla gato en mi teléfono: una señorita repite mi nombre con voz compasiva. Seguramente es un error.
Proyecto
- En el banquillo
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Tedi López Mills
Ciudad de México /