Llevo días llorando por la emotiva travesía de los siete perros que huyeron de sus secuestradores en China, liderados durante 17 kilómetros por un corgi para al fin reunirse con sus familias. Ahora le exijo a la vida conocer a esos perros y a sus familias porque —como mucha gente ha dicho en redes— “si todo esto termina siendo IA, vamos a declarar la guerra contra los robots”.
Pero así nos tienen. ¿Alguien asoleándose en la ventana de Palacio Nacional? “Es IA”, responden. ¿Está vivo o muerto un jefe de cártel o el nuevo ayatolá? “Es IA”. En lo que comprobamos las cosas, ya nos superaron las reacciones.
Es verdad que “sacar de contexto” se utilizó por años como pretexto para justificar opiniones e insultos insostenibles. Pero también es cierto que en un mundo donde todo puede ser editado y una pequeña frase recorrer el planeta en minutos, la certeza es cada vez más confusa y manipulable con fines macabros.
Quiero creer que los perritos valientes de China son reales, pero no puedo amarlos sin pensar en el contexto tan horrible de la realidad de la que escaparon. La IA no cambia eso. Y si resulta que somos tan manipulables por haber creído en esa historia sin cuestionarla, ahí hay una lección.
No quiero que Disney haga la película; quiero el documental que me muestre ese final feliz. Necesito —más que nunca— todo el contexto para esto, porque sólo es un ejemplo de esta versión de la posverdad recargada en la que estamos viviendo.