La considerada por Trump bella mujer, elegante y con voz dulce (al tiempo que la injuria y la hace cooperar) aduce que la petición de detención provisional de Rocha Moya y 9 más, como caso urgente, enviada por el gobierno de Estados Unidos al de México, por no aportar pruebas es una acción injerencista que amenaza la soberanía nacional.
Es evidente que el gobierno mexicano protege a los imputados en el vecino país. Según el Tratado de Extradición (Art. 10), las pruebas se deben exhibir con la solicitud formal de extradición, no en la solicitud de detención provisional; en ésta ni siquiera se ha de probar que la Luna sale de noche y el Sol al amanecer.
Mientras tanto, a los avisos de Trump, de actuar en nuestro territorio contra los terroristas si México no es eficaz, la bella mujer le rezonga que si se atreve a hacerlo será derrotado porque los mexicanos somos “mucha pieza”. No sorprenderá si pronto le grita como Maduro: Venga por mí, cobarde. Lo cierto es que esas bravatas dan pretexto al energúmeno para cumplir sus amenazas y ella será responsable de haberlo provocado.
¿Con qué cara recriminó al gobierno yanqui publicar el caso de Rocha Moya y secuaces, si no dijo nada cuando la FGR violaba la ley al informar que entrevistará a 50 personas por la presencia de agentes de la CIA en la destrucción del narcolaboratorio de Chihuahua?
Resulta perverso, demencial y risible sostener que las órdenes de aprehensión giradas por un tribunal extranjero en contra de 10 delincuentes de alta gama (sobre los que abundan datos de pruebas que son del dominio público, y que tanta violencia y muerte han causado en nuestro territorio y en el país requirente) implican una intromisión ilegal, y que los mexicanos debemos inmolarnos en defensa de nuestros mismos verdugos, como si Rocha y demás patibularios fueran la encarnación de la patria.
Sí, son muchos los sicarios presos, expulsados y abatidos; sí, son muchos los plantíos de drogas y narcolaboratorios destruidos; pero el mayor reclamo de millones de mexicanos y del gobierno yanqui a nuestras autoridades es que atrapen a los narcoempresarios y a los narcopolíticos de arriba, empezando por gobernadores, secretarios de Estado y miembros de la familia real.
Morena responde con cinismo que jamás los van a dividir y que se protegerán. Para ellos Rocha Moya es pieza clave como principal donador del narcodinero para sus campañas, incluida la de Sheinbaum; y ese criminal confesó que pactó con los narcos y que Tartufo lo impuso en Sinaloa.
La podredumbre oficialista se ha desbordado al grado de que Ricardo Monreal, líder de los narcodiputados, tuvo que reconocer aquí en MILENIO que “Morena puede y debe separar el poder político del poder criminal”. ¡Zas!
Esta es una misión imposible, porque la pudrición no se extirpa a sí misma.