El guion es sencillo y predecible. Un presidente asume el poder con un amplio respaldo popular. Designa jueces afines de los que espera obediencia. Impone leyes de debatible constitucionalidad. Los asuntos llegan a los tribunales. Y cuando el freno funciona y los jueces deciden conforme a la Constitución, entonces el discurso de un poder iracundo los convierte en enemigos del pueblo, traidores, perros falderos y desgracia nacional. ¿Le suena conocido?
Pues ya sucedió, también, en los Estados Unidos. La Suprema Corte de ese país, por una mayoría de 6 a 3, le dijo “no” a la pretensión del presidente Trump de imponer aranceles a diestra y siniestra. El asunto es técnicamente complejo, por lo que simplifico el argumento. La Corte señaló que los aranceles son impuestos y que, por ello, le corresponde determinarlos al Congreso.
Lo interesante no es solo el resultado, sino lo que significa. No fue el clásico 6 a 3 “republicanos contra demócratas”. Aquí, el presidente de la Corte (Roberts) y dos jueces nombrados por Trump (Gorsuch y Barrett) se alinearon con las tres ministras liberales. Del otro lado quedaron Thomas, Alito y Kavanaugh. Esto abre una grieta dentro del conservadurismo sobre lo que significa, hoy, la separación de poderes.
Unos conservadores, los presidencialistas, piensan que es posible inferir poderes del Ejecutivo a partir de la arquitectura constitucional, de sus deberes en política exterior y de su juicio. Leen la ley de manera amplia y ahí donde dice “regular importaciones” interpretan “imponer aranceles”. Los otros conservadores parten de una tesis simple. Cuando se trata de impuestos, el Congreso manda. Y si este va a autorizar poderes extraordinarios en el Ejecutivo, lo debe decir explícitamente.
Pero la lectura que hace el Justice Gorsuch señala algo más profundo. Así, advierte: “Sí, puede ser tentador saltarse al Congreso cuando surge algún problema apremiante. Pero el carácter deliberativo del proceso legislativo era precisamente el sentido de su diseño. A través de ese proceso, la Nación puede aprovechar la sabiduría combinada de las y los representantes electos del pueblo, no sólo la de una facción o de un solo hombre”. Un Congreso puede, cierto, ser lento para procesar las decisiones, pero la deliberación tiene un valor intrínseco que modera y templa las decisiones, el presidente reaccionó con furia. Como respuesta, anunció aranceles globales de 10 por ciento que luego incrementó a 15 por ciento. La incertidumbre explotó dentro y fuera de los Estados Unidos. Se barajan planes “B” y “C” para eludir lo decidido. Y entre tanto, la Corte cavila qué hará con otros importantes casos donde tendrá que decidir no si el presidente puede, sino si la Constitución lo permite. ¿Resistirá la Corte? ¿O la veremos sucumbir y, con ella, la arquitectura constitucional diseñada para evitar la concentración del poder.