La noche misma de las elecciones y aun antes de conocer los resultados oficiales, el dirigente de Acción Nacional se apresuró a anunciar con bombo y platillo su “victoria” electoral, presumiendo que le habían puesto un alto a la destrucción del país. “Morena es el gran perdedor”, afirmó, argumentando que el partido gobernante había perdido la mayoría calificada en el congreso, mientras que el PAN había sido el partido con mayor crecimiento a nivel nacional. Desde entonces, tanto la oposición como diversos medios nacionales y extranjeros han manejado la narrativa según la cual Morena y el presidente habrían perdido las elecciones intermedias. Un planteamiento no solo infundado, sino verdaderamente delirante a juzgar por los hechos.
Analicemos: de 15 gubernaturas en disputa, Morena ganó 11, mientras la alianza opositora solo 2 (!). Una derrota escandalosa para una coalición tripartita -sin precedentes- que se supone debería competirle a Morena de igual a igual. ¿O en aras de qué renunciaron entonces a sus principios e ideales? Contrario a lo dicho por Marko Cortés, Morena es el partido que creció de manera exponencial en estas elecciones, pasando de 7 a 17 estados gobernados; más de la mitad del país.
Convirtiéndose ipso facto en un partido auténticamente nacional, al quitarle al PRI y al PAN importantes estados del norte que antes se creían refractarios a la izquierda. Ahora bien, es cierto que Morena perdió una representación significativa en el congreso, equivalente a una quinta parte (de 250 a 200 diputados aprox.), pero también es verdad que gracias a sus aliados, el Verde y PT, mantendrá la mayoría absoluta en la cámara como hasta ahora, por lo que su poder en el congreso no se verá realmente mermado. Morena en realidad nunca ha tenido mayoría calificada, ni siquiera con sus aliados, sin embargo, vemos que el PAN está celebrando que la “perdieron”, lo que plantea una intrigante cuestión filosófica: ¿puede perderse lo que no se tiene? Es verdad que una vez más Morena no tendrá mayoría calificada, pero eso solo indica que, para efectos prácticos, nada ha cambiado en el congreso, porque la oposición tampoco obtuvo la mayoría, ni siquiera simple. En otras palabras, lo que está celebrando el PAN es el mantenimiento del estatu quo.
Finalmente, es innegable que la pérdida de alcaldías en la capital es una derrota simbólica de envergadura para el partido del presidente (una “derrota moral” si se quiere), no obstante, por sí misma no compensa en forma alguna el fracaso de la oposición en el conjunto de los comicios. Incrementar el número de diputados (sin llegar a la mayoría) y ganar la mitad de las alcaldías en Ciudad de México no puede considerarse –por donde se le vea– como una “victoria” electoral de la oposición. A menos que se hayan fijado objetivos muy bajos, por no decir mediocres. En ese caso, hay que decir que dicha alianza adolece de una mentalidad perdedora que no habrá de llevarles muy lejos.
La idea según la cual Morena perdió ganando y la oposición ganó perdiendo es risible y a todas luces falaz. Se supone que la coalición Va por México nació para rivalizar con Morena en la disputa por el poder; ¡¿cómo pueden conformarse con estorbarles un poco en el congreso y celebrarlo como si hubieran ganado la presidencia?! Es como si después de un partido de fútbol con marcador de 9-1, el equipo perdedor celebrara la victoria nada más porque anotaron un gol y no les metieron diez. Simplemente patético. Lo único cierto es que estando ya a mitad del sexenio, ni Morena ni el presidente muestran signos visibles de desgaste...y esas son malas noticias para una oposición obcecada en celebrar sus derrotas. _
* Doctor en Sociología por la Universidad de París. Se desempeña actualmente como profesor de asignatura en la Universidad Iberoamericana (León) y como investigador independiente, especializándose en Psicología Política
Saúl Sánchez López