Abuchear el himno nacional de otro país no nos engrandece. Y la rechifla, ahí en las gradas del Estadio Ciudad de México, no fue por cuenta de una turba de pendencieros aficionados, como los que se plantaron en las afueras del hotel donde pernoctaban los jugadores ecuatorianos para armar barullo e impedirles el reposo, sino que la protagonizó una gran mayoría de mexicanos presentes en el partido entre el Tri y la Selección de Ecuador.
¿Eso somos nosotros? ¿Dónde quedó nuestra aureola de pueblo hospitalario que recibe con los brazos abiertos a los visitantes de otras proveniencias? ¿Y realmente sirve de algo, fuera de exhibir una indecente tosquedad, aventar objetos y vasos de cerveza al palco donde laboran los comentaristas de una televisora ecuatoriana? ¿Exhibir burda violencia contra alguien que porta una camiseta diferente, llena acaso el corazón de hermosos sentimientos?
Y sí, en lo que toca a los masivos festejos, a lo mejor los cuerpos de limpieza de la capital de la República pueden dejar las calles en condiciones más o menos presentables luego de recoger toneladas de basura; puede ser también que una fracción de los fondos de las municipalidades se dedique a reparar el mobiliario urbano vandalizado por los salvajes; también las pintarrajeadas en los muros de cantera de los edificios históricos llegarán a borrarse a punta de trabajosas faenas; después de todo, no es el fin del mundo, por decirlo de alguna manera.
Pero, miren ustedes, nada de eso –las personas muertas de asfixia en las celebraciones, las plazas y avenidas rebosantes de desperdicios, los destrozos y la incultura— contribuye al bienestar global de los mexicanos ni nos enriquece como sociedad.
Al contrario, la incivilidad, desplegada sin complejos y hasta con muy desafiante tono viene siendo otro componente, uno más, de un paisaje hecho de violencias y barbarie que, más allá de habernos agenciado una muy oscura reputación en el resto del mundo, es la representación misma de una durísima realidad nacional. Vuelvo, como tantas otras veces, a la tajante y lapidaria frase de Fernando Savater, el gran pensador español: “Un pueblo sin educación es un pueblo ingobernable”.
El Mundial, como todas las cosas, habrá de llegar a su fin pero, por lo pronto, mañana mismo veremos si los festejos alcanzan un paroxismo aún más desbordante aunque, desde luego, necesitaremos de la intervención de los saboteadores de siempre para, una vez que hayan sido debidamente informados por el gacetillero, o la gacetillera, de turno sobre el paradero de los ingleses, acudan, no a amedrentarlos porque son gente entera que ha combatido valerosamente en las más cruentas guerras, sino a perturbarlos meramente en su reposo y que, con la muy deportiva aportación de la altitud de nuestro supremo estadio –ah, y también de la contaminación—, caigan en la cancha.
Nos vamos a cubrir de gloria, qué duda cabe.