Política

Pasado esto, nada será lo mismo

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Los directivos de las líneas aéreas temen que las cosas cambien definitivamente luego de que concluya este período de aislamiento de personas provocado por el nuevo coronavirus: el asunto es que los ejecutivos de las grandes corporaciones y los abogados que negocian contratos internacionales podrían darse cuenta, luego de haber realizado reuniones a distancia gracias a las tecnologías que permiten discusiones en tiempo real, de que los encuentros directos ya no son tan necesarios. Se ahorrarían ahí, encima, una buena cantidad de dinero y los acuerdos serían celebrados más rápidamente. No lo podemos todavía dar por un hecho pero es una posibilidad y, en todo caso, es una de las tantas preocupaciones que tiene la gente en los sectores de la economía que se están viendo seriamente afectados por las medidas para prevenir la propagación de los contagios.

De lo que estamos hablando es de las consecuencias a largo plazo que se derivarían de vivir una nueva realidad. Hasta ahora, el orden de las cosas parece haber sido consensuado por todos los actores sociales. Siguen vociferando los izquierdosos, desde luego, y en el horizonte se han aparecido unos líderes populistas —de ánimos disruptivos y decididos a demoler el entramado de la democracia liberal— cuya mera existencia representa una inquietante amenaza para las sociedades modernas. Pero los fundamentos mismos del modelo no han sido sustancialmente cuestionados: a nadie se le ocurre plantear que debemos renunciar a los imperativos del crecimiento, nadie propugna tampoco la extinción de la sociedad de consumo, el libre mercado sigue vigente y la transición hacia una economía sustentada en el sector terciario, el de los servicios, sigue a pleno vapor.

Nuestras ciudades se han llenado de cafés, bares, salas de cine y centros comerciales plagados de alegres clientes que no sólo quieren adquirir los últimos trapos de moda o los más sofisticados artilugios tecnológicos sino que se encuentran allí para disfrutar meramente del tiempo libre, para mirar las competiciones deportivas en la pantalla gigante de una cantina o para departir con los amigos en la terraza de su restaurante favorito. Las familias no se quedan en casa sino que viajan los fines de semana o emprenden de plano un viaje a tierras lejanas en vacaciones. Venecia, París y Londres, entre otros tantos destinos turísticos, se están volviendo lugares cada vez menos atractivos para el visitante porque su calles y plazas están verdaderamente atiborradas de hordas de excursionistas pero ello mismo nos habla del auge de la industria turística en el mundo, así sea que muchas personas no hayan todavía viajado en avión y que para otros millones de seres humanos el único viaje posible sea la emigración forzosa para escapar a las desesperanzadoras condiciones de miseria en las que viven.

Pues bien, todo eso se ha acabado en estos momentos: las medidas dispuestas por las autoridades sanitarias de la gran mayoría de los países del globo han limitado grandemente todas las actividades públicas y nos obligan a un encierro en las casas; el miedo al contagio ha hecho también que muchas personas hayan tomado por su propia cuenta la decisión de no salir a la calle excepto para realizar compras de víveres o para resolver asuntos extraordinarios. Y así, la vida diaria ha dejado de ser lo que era hasta hace unos pocos días. Nos encontramos, de pronto, entre cuatro paredes, conviviendo con la familia en casi todos los casos o, aquellos que habitan solos (una mayoría de personas en las grandes ciudades de los países más desarrollados) en una situación de forzoso aislamiento.

Imagino al metrosexual recorriendo con la mirada las prendas de su guardarropa que ya no puede exhibir ante los demás y preguntándose, repentinamente, si ha valido la pena gastar hasta lo que no tenía para representar el papel del joven glamoroso y deslumbrante; veo al padre de familia, confinado en el espacio del pequeño apartamento, descubriendo la cotidianidad de sus hijos y reencontrándose con la que en algún momento fue la mujer de su vida; percibo un escenario doméstico en el que ya no hay distractores y que se puebla de cosas pequeñas, de juegos de mesa, de conversaciones sorpresivas y jubilosos descubrimientos; adivino un paisaje en el que cobra importancia lo que es verdaderamente importante y en el que las frivolidades acostumbradas ya no ocupan el espacio de antes, un universo personal de prioridades redefinidas y preocupaciones desechadas.

Pero se vislumbra también la llegada de un mundo donde todo se derrumba —el empleo, la seguridad de la paga semanal, la simple perspectiva de poder salir a laborar en lo de siempre, la esperanza de un futuro mejor— y no queda más que la incertidumbre que sobrellevan, ahora mismo, quienes han perdido su trabajo o aquellos que, no habiendo jamás imaginado un destino parecido, comienzan a sentir que el virus les corroe las carnes. Muy pocos, estos últimos, por ahora. Pero, cuando todo esto termine, nada será ya lo mismo. Para bien o para mal.


revueltas@mac.com

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Román Revueltas Retes
  • Román Revueltas Retes
  • revueltas@mac.com
  • Violinista, director de orquesta y escribidor a sueldo. Liberal militante y fanático defensor de la soberanía del individuo. / Escribe martes, jueves y sábado su columna "Política irremediable" y los domingos su columna "Deporte al portador"
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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