Después de acomodarse sus lentes oscuros, Horacio (el mero-mero de CSI Miami, artista invitado para darle credibilidad a esta historia) echó un vistazo al espectáculo vespertino que presentaba la laguna de Cajititlán.
El Popochas, un conocido inútil y depredador del rumbo, estaba boca abajo con el rostro amoratado y la boca abierta, signos inequívocos de una larga lucha sostenida para que el oxígeno entrara en su organismo. Lucha perdida, pensó Horacio, retirándose de nuevo los lentes.
Tan concentrado estaba en tratar de recrear los últimos minutos del Popochas, que no se dio cuenta que un hombre anaranjado, calvo y de lentes corría a su lado después de pasar la cinta amarilla de seguridad.
¿Tiene alguna idea de lo ocurrido?, preguntó con voz jadeante y agitada que denotaba preocupación. Era el presidente del pueblo, el último en haber visto con vida al Popochas y a quienes algunos señalaban como el culpable directo de su muerte.
Horacio, frunciendo el rostro, lo miró de pies a cabeza y susurró algo incomprensible parecido a: “Daremos con el culpable de haber provocado esta muerte tan espantosa”. El inglés del presidente del pueblo no era muy bueno y prefirió alejarse del lugar e irse a dar una conferencia de prensa, sobre la muerte natural de quienes mueren de causa natural, provocada por los naturales caprichos de la naturaleza.
En ese mismo momento, en otro lugar de la geografía jalisciense (la cámara recorre rápidamente el trayecto de Cajititlán hasta la capital tapatía), un grupo de personas alteradas, aleccionaba de forma enérgica a una mujer cuyo rostro mostraba las señas de haber sido despertada de manera abrupta de un largo y placentero sueño.
Sí, está bien, yo me encargo, decía casi a gritos para evadir el acoso de sus interlocutores. Me queda claro lo que tengo que decir, insistía mientras discretamente se limpiaba la babita seca, evidencia del profundo sueño en el que fue encontrada.
No te vayas a equivocar en lo que dices, le advertían los cada vez más ansiosos hombres. Tenemos que aprovechar muy bien la muerte del Popochas, aunque su carne no servía para nada mientras vivía.
La mujer salió apresurada y nerviosa de aquel salón oloroso a suciedad y miedo. Con su temblorosa mano, acomodó su credencial de identificación: “SEMADET” mientras la puerta se cerraba a sus espaldas con un portazo que movió el letrero: “Cuarto de Guerra”.
Cuando estuvo frente a ella, Horacio se agachó, hizo una mueca y se acomodó los lentes.
¿Continuará?
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