Política

El derecho al desmadre

Cientos de aficionados celebran el triunfo de la selección. JUAN CARLOS BAUTISTA
Cientos de aficionados celebran el triunfo de la selección. JUAN CARLOS BAUTISTA

Tenemos una imperiosa necesidad de escaparnos de la jaula. Porque en estos días esa es la forma que tiene la realidad mexicana: cuatro paredes de barrotes forjados con aceros múltiples:

La violencia criminal que inhibe a soltar el cuerpo, la violencia política que gobernantes y opositores se recetan todos los días, la violencia económica que impide ver con certidumbre el porvenir, la violencia de la corrupción y la violencia venida del norte que frecuentemente nos entrega el señor de la melena naranja.

Hace casi cuarenta años que Roger Bartra, gran sociólogo mexicano, identificó al desmadre como un rasgo del carácter del mexicano impuesto como ineluctable destino.

Me pregunto si no tendríamos que revisar aquella definición porque en el presente el desmadre, más que un signo infantilizado, se nos ha vuelto un recurso indispensable para la liberación: el desmadre como acto de resistencia, de abierta y sincera rebeldía frente a la rota hipocresía de los poderosos.

No se trata sólo de una válvula de escape, sino de un pasadizo dentro del intrincado laberinto que nos ayuda a mirar de frente lo que desearíamos ser y también el lugar que quisiéramos un día habitar.

Es evidente que la fiesta mundial del futbol quiso cerrarnos la puerta en las narices y que la FIFA, como cadenero del antro, nos miró con condescendencia porque no pudimos pagar el boleto de acceso a su fiesta particular.

También lo es que, parados en el otro extremo, los extorsionadores profesionales, disfrazados de maestros revolucionarios, buscaron arrebatar las calles y los comercios.

Y, sin embargo, nos vestimos de verde, de negro o de blanco para invadir el espacio público exhibiendo nuestro derecho inalienable a ejercer el desmadre.

Hicimos bola en el Zócalo, en el Ángel de la Independencia, en Chapultepec, en la Avenida Reforma y en cuanta coordenada se abrió para la expresión masiva.

Nos llovió y ni así desistimos. No tuvimos acceso a las gradas y no nos achicamos. En vez de eso nos burlamos de los privilegiados y sus frivolidades cuando, con los pies plebeyos, votamos sobre el suelo asfaltado a favor de nosotros mismos.

No somos ingenuos, ni víctimas de engañabobos. Si nos portamos con irreverencia es porque lo necesitamos. Algo dice este hecho sobre nuestra salud mental: sabemos aprovechar los pretextos para portarnos con irreverencia frente a la aburrida grisura de la monotonía.

Tenemos deseo de escapar al cotidiano y por eso a la menor de las excusas se enciende el ánimo. La manifestación más obvia de lo anterior se halla entre la juventud. Los sondeos de opinión advierten que el desencanto domina entre los que se hallan entre los dieciocho y los treinta y cuatro años.

A diferencia de sus abuelos –los adultos mayores beneficiados–, quienes recientemente ascendieron a la ciudadanía, o los que tienen diez o quince años más, experimentan el hartazgo de un país narrado todos los días en clave de sus peligros y amenazas.

Es contra esta fatalidad, tomando el futbol como pretexto, que las aceras se llenaron esta semana. No solo se trató de sumarse a la celebración sino de ritualizar la protesta a partir de emociones, distintas al enojo, que –como el desmadre–  tienen también derecho a salir de paseo.

Cuando el primer mundial de futbol que se celebró en México invitó por primera vez a la gente a festejar en el Ángel de la Independencia, el país se encontraba caminando por una de sus veredas más autoritarias: veníamos de la matanza de 1968 y nos dirigíamos hacia el llamado El Halconazo de 1971.

Entonces la gesta futbolera quiso enmascarar el rostro más canijo del poder institucionalizado que era intolerante “al desmadre” como expresión social de una generación que ya no cabía dentro de los moldes que sus padres y sus abuelos habían fabricado para reproducirse.

Muy probablemente sin aquellas fiestas –la Olímpica y la del Mundial del futbol– los frustrados ánimos sociales se habrían desbordado con incontrolable violencia. Más que un circo para la gente, la gesta de 1970 –cuando el brasileño Pelé se entronizó como el mejor jugador de la historia– habría servido para catalizar una tensión social que traía hartas ganas de hacer volcánica erupción.

Acaso el Mundial de 1986 funcionó como un dispositivo similar. El año anterior, un tremendo terremoto había cambiado la geografía emocional y política del país.

El gobierno quiso sin embargo, que aquel Mundial ayudara a limitar las réplicas sociales del terremoto.

El recurso funcionó mientras duró el festejo. La euforia dentro y fuera de los estadios ayudó a administrar un malestar que se acumulaba en prácticamente todas las coyunturas del cuerpo social. Veníamos sumando varias crisis, en plural: la económica, la telúrica, la política y, la más importante de todas, la del desencanto.

1970 y 1986 no sirvieron para conjurar lo que vendría después. En realidad fueron ensayos lúdicos de lo que luego serían ejercicios contundentes de movilización social.

El alzamiento de los setenta fue libertario y la de finales de los ochenta antiautoritario. Una vez ensayada, la toma de las calles y las plazas mutó tomando en consideración otras razones menos condescendientes.

No podemos saber, después del Mundial de 2026, qué sucederá con nuestro ánimo social. No obstante, en México el ejercicio pleno y libre del derecho al desmadre suele ser la antesala de una demanda robusta por abrir las cerraduras de la jaula.

Bienvenida la resistencia que baila y canta porque prepara al cuerpo y al espíritu para decir basta cuando la vida topa con tantas trabas.


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Ricardo Raphael
  • Ricardo Raphael
  • Es columnista en el Milenio Diario, y otros medios nacionales e internacionales, Es autor, entre otros textos, de la novela Hijo de la Guerra, de los ensayos La institución ciudadana y Mirreynato, de la biografía periodística Los Socios de Elba Esther, de la crónica de viaje El Otro México y del manual de investigación Periodismo Urgente. / Escribe todos los lunes, jueves y sábado su columna Política zoom
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