Caminé y busqué el lugar en el que estuvo El Partido Liberal, el periódico que dirigió Apolinar Castillo. Bien visto no tiene un gran significado encontrar rastros del pasado en edificaciones nuevas, pero en mí desata una rara imaginación histórica. Tenía noticias de que en la tercera calle de Independencia entre López y Dolores habían puesto sus oficinas.
Una noche en la redacción de El Partido Liberal, Apolinar Castillo, su director, les sugirió a los escritores Gutiérrez Nájera y a Díaz Dufoo fundar una revista literaria. Si se encargaban de dirigir la revista, él sería su editor. Primero aparecería como suplemento literario repartiéndola a los suscriptores los domingos en vez de publicar el periódico ese día. El 6 de mayo de 1894 apareció la Revista Azul de El Partido Liberal.
Artemio de Valle Arizpe cuenta: “no sé verdaderamente por qué al callejón de Dolores le decían callejón cuando era bien ancho, tanto como la misma calle de Coliseo Viejo (hoy 16 de Septiembre) que le seguía y demás vías que la continuaban hasta dar en la Plaza. Ese callejón estaba cerrado por el lado poniente, su término era la actual calle de Gante; pero al derribar la parte trasera del convento de San Francisco quedó abierta hasta San Juan De Letrán y a esa calle nueva que resultó de la demolición, se le llamó de Independencia”. “Muchos creen”, escribió Valle Arizpe, “que ese nombre de la Independencia fue dado para conmemorar la separación de nuestro país de España. No viene de eso su nombre. Es el título que llevaba un batallón famoso, aunque coincidió con la fecha, 16 de septiembre. Uno de los patios del convento de San Francisco estaba convertido en el cuartel del Cuerpo de Nacionales que se llamaba Independencia y tenía salida por Santa Brígida, hoy primera de San Juan de Letrán”.
Trate de imaginar a Gutiérrez Nájera y a Díaz Dufoo cruzando en la oscuridad las calles que antes formaban parte del convento. Para esto se necesita al menos uno o dos mapas, alguna vieja fotografía de Santa Isabel (hoy San Juan de Letrán) y algún plano con la disposición del convento de San Francisco. Sin estos instrumentos, la búsqueda se vuelve imposible.
Gutiérrez Nájera tendría que despedirse de Díaz Dufoo en la entrada de esas oficinas para tomar un coche y dirigirse al teatro. De esa función traería uno de los artículos que escribía a diario. Llegué al lugar: aquí estaban las oficinas. Anoté en mi cuaderno: lo encontré, pero no queda nada, sólo la imaginación.