En días recientes convoqué en las redes sociales a que mis amigos me dijeran una palabra que se usó y que ya nadie usa, con el propósito inicial de reunir un vocabulario básico del pasado. Me encontré varias sorpresas.
La primera fue que de las 230 palabras y expresiones enviadas, la mayoría son conocidas e incluso empleadas en distintos ámbitos de la vida social, pero su círculo de pronunciación es reducido: así sucedió con las voces 'ropavejero', 'zampar', 'arremedar', 'raigambre', 'tlachiquero' y'cabestro', por ejemplo.
Hubo palabras francamente nuevas para mí, ya fuera porque son notablemente antiguas o bien porque son propias de otros países: "aposhcahuado', 'sucustrupar', 'pilfuz', asociadas a las sentencias de los abuelos. Desde luego, entre los comentarios hubo quienes aprovecharon la ocasión para enfatizar la necesidad de recuperar vocablos y expresiones como 'gracias' y 'por favor' que tanta falta hacen para mejorar la convivencia social.
El ejercicio dejó ver el prestigio que goza el español en nuestra vida cotidiana, pues a través del idioma afincamos querencias, evocamos recuerdos y demostramos nuestra filias y fobias. El idioma que hablamos y alimentamos cada día con nuestro ingenio y creatividad es más que un instrumento de comunicación de necesidades básicas: es una patria donde está depositado nuestro patrimonio intangible y los límites de nuestro entendimiento del mundo. En ese territorio simbólico e imaginario nos desarrollamos en el tiempo, y de cada quien depende acrecentar su valía en profundidad y en extensión.
Desde que nacemos, la lengua que hablamos define nuestra pertenencia, de ahí que aprender nuevos idiomas tenga la cualidad de expandir los horizontes de nuestro entorno; hoy, somos seres globales por el acceso inmediato que tenemos a lo que sucede en el mundo, pero seremos genuinamente cosmopolitas sólo si comprendemos que los fenómenos mundiales son producto de una complejidad mayor que los simples datos de una noticia: la expresión del presente es resultado de una historia. Somos seres con una historia reflejada en las palabras que usamos a diario.
El amplio catálogo de palabras que leí enviadas por mis amigos es apenas el asomo de un amplio catálogo de potenciales formas de comprensión de distintos fenómenos de la realidad; aceptar que ya no se usan es, sin duda, reconocer que no son útiles ya. Pero yo me pregunto: ¿cuántas sí lo son y cuánto depende de nosotros revivificarlas en provecho de una mejor comunicación y una mayor riqueza expresiva de nuestro ser?