Cultura

Nuevas ficciones verdaderas

Voy a referirme en esta entrega a dos novelas latinoamericanas que, desde mi punto de vista, representan el abandono de la literatura en tanto representación de una realidad ideologizada, politizada y coyuntural, para instalarse como un faro de resistencia individual frente al ya largo y decadente proceso histórico de pauperización, sojuzgamiento y violencia en nuestros países.

Nunca ha sido más pertinente en México hablar de ello, no solo por las marcas de autoritarismo más recientes, sino porque hay una corriente general que intenta elevar éste a ideología estética única; la literatura impone en defensa del pensamiento libre una fortaleza mayor: la heterogeneidad. Hoy se produce una narrativa que ya no intenta simplemente representar la realidad como un espejo, sino que actúa sobre ella con una urgencia ética y política nacida del trauma histórico; en este escenario emerge lo que yo llamo la “autoficción” no como un ejercicio de narcisismo, sino como un puente necesario entre la subjetividad herida y la memoria colectiva, en la que cabemos todos.

Cada vez con más frecuencia, la narrativa genera obras que podríamos denominar de “realismo indicial”, ya que incorporan documentos, fotografías o cartas que funcionan como huellas o testimonios materiales, como Casas vacías (2019), de Brenda Navarro; El invencible verano de Liliana (2021), de Cristina Rivera Garza, y Restauración (2023), de Ave Barrera, ejemplos todos de autoras mexicanas; esta técnica o apelación a recursos estilísticos —hay que decirlo— no busca probar una verdad jurídica, sino crear una tensión narrativa entre lo real y lo ficticio.

Tengo para mí que un ejemplo magistral de esto es la novela Chilean Electric (Alquimia Ediciones, 2015) de Nona Fernández. En esta obra, la voz narrativa reconstruye la memoria de su abuela —quien curiosamente relata haber presenciado la llegada de la luz a Santiago años antes de nacer— para explorar cómo el recuerdo inventado puede ser más “auténtico” que el dato factual; así, una simple cuenta de luz o una fotografía de la infancia en la Plaza de Armas no son adornos: son índices de una historia compartida; aquí, la autoficción permite recuperar la subjetividad del otro para intentar recomponer los fragmentos de nuestra propia identidad, un sujeto que la posmodernidad nos entregó escindido y vacío, atrapado en su propia falta de identidad, inconsistencia y desmembramiento, habiendo perdido las certezas ideológicas que antes lo sustentaban.

Por otro lado, el escritor brasileño Luiz Ruffato en De mí ya ni te acuerdas (Herder, 2014) nos propone un juego similar a través de la edición de cartas supuestamente enviadas por su hermano fallecido. Aunque el autor confiesa que las cartas son una invención, su carga de verdad es demoledora; Ruffato “se traviste” en el yo de su hermano para narrar la experiencia del migrante y la represión de la dictadura brasileña, demostrando que la literatura puede intervenir en la realidad a través de un “realismo afectivo”, que se desplaza desde la representación hacia un “evento de trauma” o un “realismo del shock”; se trata de la realidad de lo que el texto hace y no de lo que el texto representa. En la novela de Ruffato, esto se traduce en una búsqueda por comunicar la experiencia contemporánea —fragmentaria, fugaz y caótica— con la misma urgencia con la que el realismo decimonónico intervino en las condiciones sociales de su época.

Este giro hacia lo afectivo es crucial. Las dos obras citadas, además de sus ejemplos en México, ya no solo buscan ser miméticas de una realidad polarizada; buscan el impacto que trasciende la página para convertirse en un acontecimiento en el lector; al leer estas interpretaciones —inconclusas, necesariamente—, el receptor no solo consume una historia, sino que experimenta un reencuentro afectivo con su propia historia y sus traumas.

Reitero que la autoficción actual funciona como un laboratorio de resistencia; al cruzar el testimonio con la ficción, autores como Fernández y Ruffato logran que los afectos hagan política. Esta literatura no teme a la incerteza; al contrario, hace de la fragilidad del recuerdo su herramienta más poderosa para corroer las historias oficiales y devolvernos, aunque sea por retazos, la posibilidad de habitarnos nuevamente como sujetos dentro de un archivo colectivo que todavía estamos aprendiendo a leer.


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Porfirio Hernández
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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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