Llamamos verdad a lo que las cosas son en cuanto nos son conocidas. Si veo un perro y digo, o pienso, "ahí está un perro", estoy en la verdad. El bien es aquello que nos lleva a la perfección según lo que somos. Si me pongo unos zapatos es porque son un bien para que pueda caminar. Como seres humanos tanto el conocimiento de la verdad como la práctica del bien adquieren un nivel particular, que se manifiesta en el hecho de la responsabilidad de las decisiones, que no es posible pedirla a ninguna otra especie. Somos propiamente seres libres.
Con su encíclica "Caritas in veritate" (caridad en la verdad), el Papa Benedicto XVI dio relieve a la relación de la verdad y el bien, ya que caridad significa amor, que es la fuerza que mueve hacia el bien, que se busca y alcanza en la verdad. Ahí explica el Pontífice que el amor en la verdad es la fuerza que impulsa el desarrollo "de cada persona y de toda la humanidad". Esta afirmación tiene el mérito de alejarnos tanto de una perspectiva individualista como de una colectivista. En efecto la persona es social por su misma naturaleza, de modo que su realización personal supone la de los demás y el desarrollo supone el de las personas.
Considera el amor como "fuerza extraordinaria que mueve a las personas a comprometerse con valentía y generosidad en el campo de la justicia y de la paz". Siempre, a lo largo de la historia, se ha necesitado el compromiso en estos dos campos. La justicia, que significa que cada quien reciba lo que le corresponde, es decir, que se respete su derecho, nunca ha sido cumplida satisfactoriamente y en nuestros días sin duda hay mucho trabajo que hacer. Lo mismo puede decirse de la paz, anhelada en cierto modo por todos, pero vulnerable y endeble en todas partes.
Defender la verdad es una forma insustituible de la caridad. Su defensa, sin embargo, no puede hacerse por vías inadecuadas, como la violencia podemos pensar, sino "proponiéndola con humildad y convicción". Efectivamente, por su propia naturaleza, la verdad se halla en el conocimiento y ella posee en sí misma la fuerza para convencer a las personas, siempre que estén bien dispuestas a abrirle las puertas.
Un paso más que Benedicto XVI propone en su encíclica es la del testimonio. La verdad hay que "testimoniarla en la vida", lo cual significa que la persona no se conforma con la información que puede guardar en su mente, sino que guía su vida según la verdad. Si deseo que haya justicia en el mundo el primer paso es que yo me comporte justamente con mi prójimo.