La realidad que percibimos y conocemos sin duda cambia a través del tiempo, a veces más rápidamente, a veces más lentamente. Al mismo tiempo notamos que bajo el cambio hay algo que permanece. Ya los filósofos griegos sintieron la necesidad de afrontar el problema y se aventuraron a formular sus respuestas. Suele recordarse a Heráclito como quien daba la prioridad al cambio y a Parménides como quien la daba al ser.
En el campo humano, ateniéndonos a la experiencia, no es posible hablar de cambio sin que se presuponga un sujeto de dicho cambio, pero también es cierto que el ser, el sujeto, solamente se conserva si cambia. Así, una persona pasa del vientre de su madre al mundo exterior, y lógicamente cambia, luego tiene que crecer, pasar por la niñez, la juventud, etc. sujetándose a muchos cambios biológicos, psicológicos, sociales; pero siempre es la misma persona, con su propia identidad.
Socialmente las cosas no son las mismas que hace un siglo, ni siquiera que hace una década. El mundo cambia y es necesario adaptarse, de modo que sin cambiar una sociedad no puede subsistir. El problema reside en qué es lo que debe cambiar y qué es lo que debe permanecer. Si vamos al campo político un partido "A" que se encuentre en el poder querría continuar en tal situación, mientras que un partido "B" que lo quisiera desplazar sería partidario del cambio. Precisamente, apenas cambien y "B" se quede con el poder, las cosas se invierten.
El problema político es solamente un aspecto de uno mucho más amplio, de orden cultural que afecta, me parece, a todos en el mundo, bajo diferentes formas. Si pensamos en nuestro país, cabría la pregunta de qué es lo que debemos cambiar, pero ciertamente no es menos importante responder a la pregunta sobre qué es lo que debemos conservar. Podríamos cambiar tanto que perdiéramos las características positivas, virtudes, de las que más o menos participamos; o, por el contrario, no cambiar y quedarnos con las características negativas, vicios, que también en mayor o menor medida nos afectan.
Establecer los límites precisos del cambio y de la permanencia en todos los renglones de la vida social sería una tarea demasiado ardua en la que seguramente el diálogo fracasaría. Creo en cambio que es muy posible señalar los principios y los puntos de referencia alrededor de los cuales pueda establecerse una convivencia que permita construir un mundo mejor. No empezamos de cero, pero el camino todavía es largo.