Cultura

Raskólnikov en 'souvenir'

Tazas, camisetas, libretas y recorridos turísticos llevan en San Petersburgo el nombre de Raskólnikov. Hay también un festival anual alrededor de este personaje de Fiódor Dostoievski, el asesino protagonista de Crimen y castigo. Para un lector la escena resulta desconcertante: ¿cómo celebrar a un asesino?, ¿cómo se vuelve entrañable un personaje que mata a sangre fría?

Raskólnikov considera que su crimen está perfectamente justificado, pero no soporta vivir con el peso de su crimen. En ese sentido, no encarna la violencia, sino la pretensión de que la razón puede decidir, desde la abstracción, quién merece vivir y quién no. Como bien muestra Julieta Lizaola al estudiar los fundamentos jurídico-teológicos de la Nueva España, la violencia suele buscar legitimación en discursos de razón y de ley; no siempre se presenta como violencia desnuda, sino como justicia. (J. Lizaola, “Elementos jurídico-teológicos en la Nueva España” en Barroco Novohispano: arte, teología y filosofía)

Por otro lado, San Petersburgo es una ciudad artificial, calculada: las paredes simulan ser de piedra cuando son ladrillos recubiertos por yeso, y es también el lugar en donde se desarrolla Crimen y castigo. El protagonista, al igual que la ciudad, es calculador, frío, ordenado y deshumanizado. Quizá la identificación no es con el acto criminal, sino con una forma de ser humana: el lector común de Crimen y castigo no piensa “yo también mataría”, pero sí piensa “bueno, yo también he querido justificar algo injustificable” o algo aun más fuerte: “yo también he separado mis ideas de sus consecuencias”.

El mercadeo y los festivales domestican el conflicto moral expuesto por un personaje que es símbolo de algo que no puede resolverse del todo. Tal vez es un poco lo que sucede en México cuando la muerte se convierte en una calaverita de azúcar: mejor no ver de frente ese algo terrible; mejor jugar.

Aquí la gran paradoja es que Dostoyevski escribió contra la estetización del crimen, y la cultura posterior de su propia ciudad, termina estetizando su personaje criminal. Como si la modernidad fuera un monstruo voraz, capaz de absorberlo todo, incluso sus propias críticas, para luego convertirlas en objetos de compraventa. ¿No es terrible que un personaje como Raskólnikov se banalice de esa manera? Esto es: si Dostoievski pasa a ser mero festival y carcajada ¿ya qué se puede esperar? La superficialidad del ser humano contemporáneo es ilimitada.

Por eso esta ciudad puede poner a Raskólnikov en una taza o una libreta. Pero ojo: no podría hacerlo con Los hermanos Karamásov: Raskólnikov está más cerca de la tragicomedia que cada año se realiza en San Peterburgo. Pero Iván y los personajes de Los hermanos Karamásov no admiten comicidad ni festival alguno. Es más factible identificarse con el crimen y el castigo de Raskólnikov, que con la tragedia de los hermanos Karamásov. El posible parecido con Raskólnikov conlleva un guiño que dice: “¿a poco no todos somos un poco como Raskólnikov?”

De manera contrastante, la complejidad de Los hermanos Karamásov resiste, intacta, toda caricatura.


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Paulina Rivero Weber
  • Paulina Rivero Weber
  • paulinagrw@yahoo.com
  • Es licenciada, maestra y doctora en Filosofía por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Sus líneas de investigación se centran en temas de Ética y Bioética, en particular en los pensamientos de los griegos antiguos, así como de Spinoza, Nietzsche, Heidegger.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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