Cultura

¿Qué es filosofar?

Hubo una época en que la actividad de pensar no implicaba consultar textos, sino consultarse a sí mismo. No implicaba elaborar complejos apartados teóricos con citas y notas, sino dialogar con compañeros vivos o muertos. Sócrates caminaba por Atenas mientras filosofaba con sus interlocutores, al igual que lo hacía en la plaza, el gimnasio o el mercado. Dos filósofos tan diferentes y tan distantes como Aristóteles y Nietzsche se caracterizaron también por pensar en movimiento, mientras caminaban en diálogo con otros o en soledad.

Hoy, filosofar se ha confundido con otras actividades. Es notable el lugar que hoy tiene el razonamiento “correcto”, la lógica argumental o el mero dominio de los conceptos de un filósofo reconocido. Pero pensar es otra cosa. Y con eso no quiero decir que no sea necesario razonar, argumentar o dominar conceptos de los autores con los que se dialoga, sino que eso, si bien es necesario, no es suficiente para llevar a cabo la labor de filosofar.

En su Metafísica, Aristóteles considera que “por el asombro comenzaron los hombres, ahora y al principio, a filosofar”, esto es: el asombro (thauma) es la condición previa a la actividad de pensar. Solo cuando nos dejamos afectar por algo y dejamos de verlo como “lo usual”, para verlo con nuevos ojos como algo asombroso, podemos filosofar. Heidegger se refería a esto cuando decía que para pensar era necesario “responder a un llamado”. Y en efecto: no cualquier cosa nos sorprende, no cualquier evento llama nuestra atención. Pensar, así entendido, tiene más que ver con un dejarse llevar por aquello que nos llama, sin forzar el pensamiento, que con hablar de un tema predeterminado.

Imaginemos el momento del pensar: algo llama tu atención. Te sorprende: te interpela. No piensas, simplemente te quedas ahí, viviendo la extrañeza de un cuestionamiento sin palabras, de una pregunta sin respuesta. Un ¿qué?, un ¿cómo? o ¿por qué? irrumpe en todo tu cuerpo y exige de ti una respuesta, sí: te interpela. Quien vive una experiencia así puede simplemente dar la vuelta y no escuchar ese llamado. O puede detenerse y adentrarse en eso que le interpela y adentrarse en la labor de pensar.

Argumentar y razonar es en ese sentido algo muy posterior, algo que deriva de ese momento previo en que nos dejamos asombrar. Insisto: no digo que argumentar y razonar sea algo prescindible, solo digo que eso no es pensar. Razonar y argumentar es algo que puede –o no– derivar del thauma, del asombro ante aquello que ha llamado nuestra atención. Pero puede también quedarse en mero asombro y no producir filosofía alguna.

El asombro puede también encontrar una expresión en una obra de arte: una danza, una obra musical, una pintura. Solo cuando se expresa a través del lenguaje, se ingresa al diálogo filosófico.

Todo lo anterior, poco tiene que ver con los aparatos teóricos, citas y notas o con el manejo del vocabulario particular de un filósofo. Todo eso se ha convertido ya en mero teatro, mero espectáculo público. Alguna vez asistí a la conferencia de un profesor alemán que visitaba México. Expuso de manera confusa y oscura la primera parte de la Crítica de la razón pura de Kant, que es la más sencilla. Al salir del Aula Magna de mi facultad, yo pensaba: ¿y trajeron a este individuo para que explicara tan mal, algo tan elemental? Pensando así, escuché a dos alumnos que caminaban tras de mí. Uno le dijo al otro: “qué bárbaro, este cuate sí es un sabio: no entendí nada”. Cada vez que recuerdo esa anécdota comprendo a esos jovencitos y a la vez me hace reír. Es lamentable que un lenguaje oscuro y abigarrado sea sinónimo de “sabiduría”, cuando lo más difícil es expresar de manera clara y distinta las ideas más complejas de la filosofía.

Quienes vivimos en el mundo de la academia, nos vemos obligados a escribir artículos con aparatos críticos que incluyan citas, notas y una buena bibliografía. Pero lo anterior no tiene por qué conllevar el empleo de un lenguaje abigarrado, oscuro e incomprensible: aun en el ámbito de la academia, es posible y necesario hablar con claridad. Hablar de manera oscura para “apantallar” al otro es una falta de honestidad intelectual.

Desde ese abigarrado mundo, valoro mucho la posibilidad de escribir en libertad, como lo hago aquí: sin citas ni notas, sin pretender deslumbrar.

Pensar y dialogar a la distancia con mis lectoras, con mis lectores, es para mí, la más bella forma de filosofar.


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Paulina Rivero Weber
  • Paulina Rivero Weber
  • paulinagrw@yahoo.com
  • Es licenciada, maestra y doctora en Filosofía por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Sus líneas de investigación se centran en temas de Ética y Bioética, en particular en los pensamientos de los griegos antiguos, así como de Spinoza, Nietzsche, Heidegger.
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