La noche del jueves 5 de febrero de 2026, alrededor de las 11:44 p.m. apareció en una cuenta social del presidente de EUA un video en el que aparecen el expresidente Barack Obama y su esposa Michelle con cuerpos y actitudes de monos. Después de la reacción pública, el video fue eliminado al día siguiente. Aun así, Trump declaró que no se disculpará porque no hizo nada malo.
No hay nada de qué sorprenderse: ese video condensa el espíritu con el que Trump ganó las elecciones. No es un desliz; es la reiteración por parte de la presidencia, del pacto entre él y una parte decisiva del pueblo de Norteamérica. No pueden ahora retroceder como el pálido delincuente del Zaratustra nietzscheano y escandalizarse de su propio crimen: lo sabían perfectamente, ya durante su campaña en 2023 promovió su candidatura con videos racistas, mostrando personas afroamericanas con rasgos y gestos estereotipados y fue criticado por usar identidades raciales como un recurso para ganar las elecciones. Y ganó.
En Norteamérica nadie puede hoy cortarse las venas, eso es mera hipocresía: no hay nada nuevo bajo el sol. En su caso el racismo no fue un costo electoral, sino una ventaja. Por eso Trump no lo ocultó para ganar: lo exhibió. Quien votó por él no lo hizo por un error, sino por una adhesión consciente al racismo de Trump.
Hoy, el tan comentado video no es una traición a sus votantes: es una ratificación que les muestra en un espejo aquello por lo cual votaron. Tendrán que aceptar que la responsabilidad es colectiva: quienes le llevaron al poder, otorgaron su consentimiento al racismo.
Más que ofensivo, el video es sincerador: dice sin rodeos lo que hoy se vive en Norteamérica. No es un error político; es una declaración que permite ver que Trump no llegó el poder a pesar de su racismo, sino gracias a él.
Cuando el racismo gana elecciones, la democracia valida el desprecio. La responsabilidad de este video recae sobre la comunidad que decidió reconocerse en Trump.
No fue un error: fue una elección.