Las palabras hablan; cuentan su propia historia y cuando las escuchamos, comprendemos un poco más de la nuestra. De ahí el gusto por la genealogía: comprendemos el presente cuando el pasado lo ilumina, cuando sabemos cuál es su historia.
Tomemos primero un ejemplo sencillo: ¿porqué se le pide a alguien que “se moche” con dinero o se dice que alguien que maneja muy rápido va “hecho la mocha”? En todas esas expresiones está presente el verbo “mochar”, sinónimo de cortar, y el adjetivo “mocho”, aquello a lo que se le ha cortado algo. Cuando se emplea como verbo, “mochar” es sinónimo de cortar o dividir: “Móchate con la mitad de tu salario”. Cuando se le emplea como adjetivo, ir hecho “la mocha” es ir tan rápido como iba la locomotora que corría velozmente porque se le habían quitado todos los vagones: iba mocha (sin vagones) y por eso era tan veloz.
Un ejemplo bastante menos sencillo es la relación entre las palabras “deseo” y “deontología”: aparentemente se trata de conceptos opuestos. La deontología es el estudio del deber, mientras que el concepto “deseo”, por lo general se opone precisamente al deber.
Hace algunos años Tomás Pollán me hizo notar que, en su magna obra Corominas, considera que ambos conceptos provienen del griego Deo, cuyo significado es atar. El deber ata; quita libertad de elección. Cuando se cumple con un deber impuesto, bien pueden realizarse acciones que no se desean, por ejemplo: hacer una larga fila bajo el sol para acudir a votar. Nadie desea hacerla, pero votar es sin duda un deber.
Pero “deseo” también deriva de Deo, porque el deseo también ata. Cuando deseamos algo de manera extrema y constante, perdemos libertad: el deseo se apodera de nuestros pensamientos y en ocasiones de nuestras labores, y puede conducirnos a realizar acciones que, con una mente libre, nunca hubiéramos elegido.
“Las palabras hablan” no significa que el ser humano hable con palabras, sino que su estudio genealógico abarca el devenir histórico de nuestros conceptos y desnuda, de las capas del tiempo, a la palabra, para que vuelvan a brillar en ella los significados olvidados.
Siempre es posible iluminar el presente con el faro del pasado.