Hace mucho que Heidegger lanzó al mundo la idea de que vivimos en la época de la imagen del mundo: la era en la cual todo se convierte en imagen. El paso de los años ha exacerbado esa tendencia y la llegada de las redes sociales la han llevado a su clímax: un individuo es la imagen que proyecta. Evidentemente al decirlo no afirmo que así sea, sino que así es como funciona el mundo en que vivimos.
Lo anterior me conduce inevitablemente a recordar una de las historias más famosas de Wells, que lleva por título El país de los ciegos. Mucho se puede decir de ese maravilloso cuento, pero aquí me refiero a una sola idea: en donde no hay vista, no hay imagen y en donde no hay imagen, los valores que sostienen la vida son completamente diferentes.
¿Puede una imagen, una sola imagen, transmitir todo lo que es una persona o un fenómeno? Depende de la imagen: esa es de hecho la labor del artista visual, sea fotógrafo, cineasta, escultor o pintor. El artista logra captar en una imagen lo que muchos nos vemos ni aún presenciando o incluso viviendo todo un fenómeno.
En ese sentido, la crítica heideggeriana de la imagen no se refiere al mundo del arte, sino que responde a su idea de “la verdad”. Ésta, es un acontecimiento que no tiene que ver con la coincidencia entre lo que se dice y lo que sucede en el mundo. Lo que Heidegger llama “verdad” es un momento previo a la creación del enunciado, es el momento en el cual el individuo se sorprende ante algo o se da cuenta de algo. Antes de hacer un juicio sobre lo que se le ha develado, hay un momento en el cual existe una apertura del individuo al mundo: ese es el momento de la verdad. La imagen artística para Heidegger puede propiciar ese tipo de acontecimientos.
Volviendo entonces a la idea de la época de la imagen del mundo, parte del problema de la imagen en nuestra sociedad es que, contrariamente a lo que sucede en el mundo del arte, en la cotidianidad la imagen aplana la complejidad de lo que algo es. Sería necesaria hoy en día una hermenéutica de la imagen cotidiana para poder leer las imágenes que constantemente bombardean al individuo.
Todo lo anterior en buena medida se ha exacerbado en el mundo de Instagram, Facebook, Twitter y demás redes sociales: la persona o la entidad social, proyecta una cierta imagen y quien la recibe, al quedarse con ella de manera acrítica, depaupera su propio mundo. Una persona siempre es más compleja que su fotografía, porque los seres humanos somos luz y sombra, reunión de virtudes y de vicios que una sola imagen no puede abarcar.
Detrás de toda imagen siempre hay un misterio por descifrar.
Paulina Rivero