En el comal de La Chiquita Poblana caben tortilla, manteca, salsa, cebolla y carne. Con esos ingredientes, la familia de Guadalupe Lozano Garfias ha servido chalupas y ese sabor ha llegado a otras mesas.
La memoria familiar comienza en 1896, junto al río San Francisco, donde las tortillas con salsa alimentaban a los obreros. Guadalupe Lozano Garfias es la cuarta generación de La Chiquita Poblana y su hijo, la quinta. El comal sigue encendido 130 años después.
Desde San Francisco, la chalupa pasó por barrios, ferias y celebraciones. En la Feria de Puebla de 2026 apareció entre los antojitos del Pabellón de Cocineras Tradicionales. La Guía Michelin reconoce a Casareyna, El Mural de los Poblanos, La Noria y Augurio; los cuatro sirven chalupas.
Poblanos y visitantes comen chalupas rojas o verdes en un puesto o en una mesa con reservación. Esa convivencia explica su arraigo: pertenece a la comida cotidiana y representa a Puebla ante el visitante.
El recorrido continuó por México. La Tequila la ofrece en Guadalajara y Porfirio’s la reinterpreta en Cancún con barbacoa y tuétano. La Rodaja, en Madrid, y Jitomato, en Maastricht, conservan el apellido poblano, aunque adaptan sus ingredientes.
En Corona, Queens, Cleotilde Juárez Ramírez cocina chalupas poblanas en El Tlecuile, un puesto callejero que fue incluido en 2026 en la lista de los cien mejores restaurantes de Nueva York, publicada por The New York Times.
La ruta muestra hasta dónde llegó el platillo; el comal explica por qué permanece. Freír la tortilla sin volverla rígida, medir la manteca y equilibrar las salsas requiere oficio. Su sencillez permite compartir una orden y reconocerla al primer bocado.
Guadalupe Lozano Garfias resguarda la memoria que da sentido a ese viaje. La Chiquita Poblana enlaza el San Francisco de los obreros con las mesas actuales y ofrece al visitante una historia que aún puede probar.
Quien prueba una chalupa en Guadalajara, Madrid o Queens reconoce el sabor poblano. Quien llega a San Francisco encuentra el comal y a la familia que la ha servido durante cinco generaciones. Ese recorrido convierte un antojito en un motivo para visitar Puebla.
El turismo también se piensa.