Política

Vida nuclear

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Buscábamos un tema para La otra aventura, el programa televisivo de libros que realizamos en ADN Noticias desde hace años. Regresamos a uno de los miedos originarios: el pánico a la guerra nuclear.

Me enteré de cosas que no sabía, de algo a lo que nos hemos acostumbrado: las explosiones que destruyen edificios, calles, pueblos enteros. ¿Cómo puede una bomba liberar suficiente energía como para destruir una ciudad? La explicación está en el centro de los átomos: su núcleo. Todo lo que nos rodea está formado por átomos. En algunos elementos, como el uranio, sus núcleos pueden dividirse cuando reciben el impacto de una partícula llamada neutrón. A este proceso se le conoce como fisión nuclear. Al dividirse, el núcleo libera energía y nuevos neutrones, que pueden golpear otros núcleos y dividirlos también. Así comienza una reacción en cadena. Podemos imaginar una fila de fichas de dominó: cae una y provoca la caída de las siguientes. Pero aquí cada división puede desencadenar varias más.

En una bomba, esta reacción se multiplica con enorme rapidez y libera una gran cantidad de energía en una fracción de segundo. Una pequeña parte de la masa se transforma en energía. La explosión produce un destello intenso, temperaturas extremas y una onda de presión capaz de derribar edificios. También emite radiación y puede dispersar materiales radiactivos cuyos efectos continúan después de la detonación. De esto se trata la guerra. Las bombas de hidrógeno emplean además otro proceso: la fusión en la que núcleos ligeros se unen y liberan energía.

“Impedir que el mundo se deshaga”, así describió Albert Camus la tarea de su generación al recibir el Premio Nobel en 1957. La amenaza nuclear había convertido la supervivencia de la humanidad en una preocupación cotidiana. Después de Hiroshima y Nagasaki, Estados Unidos y la Unión Soviética emprendieron una carrera para acumular armas cada vez más poderosas. Al mismo tiempo, la energía atómica prometía electricidad abundante y mejores condiciones de vida. En el mundo soviético, las centrales nucleares simbolizaban el progreso y la superioridad científica. La confianza en la tecnología convivía con el temor a una guerra capaz de destruir ciudades enteras. Esta es la trama secreta que se desarrolla en Ucrania, Rusia, Palestina, Israel, Irán y Siria.

Como escribió Eurípides: “El dios de la guerra detesta a los que vacilan”.


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Rafael Pérez Gay
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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