Las capturas se dieron a lo largo del mes de junio. Testigos afirmaron que el modus operandi del justiciero anónimo de Los Altos, Jalisco, era eficaz e inconfundible: pescados in fraganti, aporreados, adheridos con cinta industrial a un poste de luz y en su frente escrita la palabra “rata”. Según el caso, a varios les dibujó bigotes y dejó un cartel que describía la fechoría cometida que cerraba con una advertencia disuasoria.
Dado que las capturas se dieron en el terreno de lo extrapolicial, en la mayoría de los casos, las autoridades liberaron a los rufianes. En un pispás, éstas convirtieron a las ratas en “víctimas de agresión y privación ilegal de la libertad”.
Ratas o víctimas, lo cierto es que los robos de motocicletas se detuvieron y la ciudadanía tomó un respiro. El Batman de Los Altos logró su propósito, porque, como lo dije aquí en otro momento, los superhéroes entran en acción cuando el Estado resulta incapaz de hacer valer la justicia o cuando éste trabaja codo a codo con los malhechores.
La justicia parapolicial protagonizada por estos personajes es la de quien se asume como un vigilante del orden y la paz. Como señala Aeon J. Skoble, éstos “no se limitan a defenderse de una amenaza inminente, sino que salen a cazar a los malos”, algo que nuestras autoridades no hacen.
¿Tal afán salva al Batman de Lagos de la controversia moral? ¿Sus peculiares aprehensiones lo convierten en un héroe u hombre “bueno”? Evidentemente no, porque su actividad justiciera se encuentra fuera de la ley, sin embargo, ello tampoco evita que la ciudadanía le atribuya y reconozca una cierta altura moral.
El apoyo en las redes a este tipo de figuras, como señalan Jeph Loeb y Tom Morris, nos recuerda que “todos debemos ser activos en la creación de vidas buenas, para nosotros mismos y para las personas que nos rodean. Se espera de nosotros que nos preocupemos por el bienestar de nuestras comunidades y del ancho mundo. [...] Los superhéroes no trabajan sólo por la gente que aprecia su empeño, sino a menudo para personas que los critican y vilipendian”.
En buena medida en eso reside la fuerza moral de estos personajes anónimos, y de ésta, quiero pensar, se desprende el enorme entusiasmo de quienes celebran que la justicia, aun y cuando eche mano de métodos peculiares, termine por imponerse.
Mientras las autoridades sigan tratando a los malandrines como los tratan, no lo dude, las aventuras de este murciélago justiciero, El Batman de Lagos, continuarán.