Política

El ritmo del progreso (parte dos)

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La entrega pasada dije que las controversias en torno a la moralidad del avance científico se desprenden de nuestro desconocimiento de la lógica interna de los cuatro órdenes que ponen en marcha el progreso de la sociedad: tecno-científico, jurídico-político, moral y ético (o del amor).

El orden tecno-científico, dice André Comte-Sponville en El capitalismo: ¿es moral?, “está estructurado internamente por la oposición de lo posible y lo imposible: lo que hoy no puede hacerse, en 10 años se hará”. Por ello, la ciencia se pregunta cómo traspasar el nuevo límite, no si debe hacerlo.

Para evitar resultados atroces y que el progreso desfonde su sentido, el orden jurídico-político busca acotar la velocidad de los avances producidos por la ciencia y la técnica, orden al que también es necesario ponerle un límite para no caer en el “canallismo legalista”, es decir, legitimar desde el marco legal actividades humanas con efectos inhumanos. La dimensión política de este orden, representado por la soberanía del pueblo, tiene la facultad de exigir que la ley sirva para protegerlo y no causarle daño.

Sin embargo, en muchas ocasiones los políticos hacen politiquería con la ley, de ahí que el orden moral busque acotarlo bajo la siguiente lógica: “Hay cosas que la ley permite y nosotros debemos prohibirnos, y otras que la ley no impone y nosotros debemos imponernos”, para evitar el riesgo de reducir nuestra altura moral y, por ende, nuestra condición humana.

Y aunque la moral busca dirigir nuestro actuar hacia lo bueno, lo pleno, lo felicitante, cuando ésta trata de normar a toda la humanidad desde una concepción moral particular, desconociendo que la sociedad global se distingue por su diversidad moral, se vuelve necesario abrirnos a otra lógica que establezca un nuevo límite: el amor. ¿Amor hacia qué? A la humanidad y las formas en que esta se expresa gracias a la libertad, la igualdad, la solidaridad, el respeto y el diálogo, es decir, la base de la justicia.

Visto de esta manera, como bien apunta Comte-Sponville, cada uno de los órdenes está sometido a un principio de estructuración interna diferente e independiente, de ahí que sea necesario “elegir a cuál entre estos cuatro órdenes se concederá la prerrogativa en tal o cual situación. Esta elección es lo que yo llamo nuestra responsabilidad”, la cual, sin duda, “no se produce sin jerarquías ni renuncias”.

Del orden donde está el meollo moral de la discusión sobre los límites de la IA, hablaré en la tercera y última entrega.


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Pablo Ayala Enríquez
  • Pablo Ayala Enríquez
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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