Política

El quiebre de la compasión (parte dos)

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La entrega pasada dije que la fatiga de la compasión “es la incapacidad de responder y compadecerse ante el dolor y el sufrimiento ajeno”, y me pregunté cómo actuaría el personal de salud si se le acaba la capacidad de apiadarse de quien sufre.

Por ello, la compasión no se reduce a la mera consternación, porque implica conocimiento, conciencia, deseo y coraje para atender y hacerse cargo de quien sufre. La acción compasiva no busca recompensa alguna, su mirada está puesta en el bien por el bien, por ello es el más noble de los sentimientos morales.

Sin embargo, cuando las condiciones en las que ésta florece se vuelven extremas, la compasión se erosiona y agrieta hasta perderse. Piense en una sala de emergencias donde se atiende a los heridos de una revuelta civil, terremoto, tornado o incendio. Los primeros pacientes desatan las alertas a la par de la energía, el enfoque y la buena voluntad de quienes les socorren. Pero si la situación se extiende por días, semanas o meses, la capacidad de compadecerse del dolor ajeno cae en picada hasta desaparecer.

De manera imperceptible, casi inconsciente, el personal sanitario se ve presa de un agotamiento físico que, paradójicamente, se refleja en un doloroso insomnio, pérdida de energía, relaciones interpersonales erráticas, la dificultad para concentrarse y decidir de manera correcta, tanto en lo técnico como en lo que a la ética profesional se refiere.

El resquebrajamiento sostenido de las condiciones del sistema de salud en México, irremediablemente, está desfondando la capacidad compasiva de quienes lo conforman. No hay que pensar en la sofisticación de las áreas de onco, neuro o cardiología. Salvo honrosas excepciones, muchas de las personas que dispensan medicamentos en las farmacias de los hospitales públicos dejaron de sentir pena y remordimiento al despachar con las manos vacías a quien busca tratar el cáncer, la hipertensión, diabetes o la falla renal que padece. Lo mismo pasa con un enfermero que dejó de inmutarse al ver que un paciente será atendido en una silla desvencijada, siempre y cuando haya una disponible.

Este mal, que en otra medida también lo padecen camilleros, conductores de ambulancia, guardias de seguridad, trabajadores sociales y afanadores, no se resolverá con arrebatos similares al que intentó “solucionar” el problema de la modalidad 40.

El quiebre de la salud pública en México tiene su raíz en otro descalabro aún más inquietante: el quiebre moral de nuestras instituciones públicas, por ello su tratamiento y resolución está en la cancha de la ética, no sólo en la de las finanzas y la politiquería. De esto hablaré en otro momento.


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Pablo Ayala Enríquez
  • Pablo Ayala Enríquez
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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