Política

El quiebre de la compasión (parte 1)

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El próximo marzo se cumplen 40 años del fallecimiento de mi madre. En agosto, 15 de mi padre. Perecieron en el mismo hospital público: el ISSSTE.

Los últimos seis meses del internamiento de mi madre, los vivió en una habitación amplia, fresca e iluminada por un enorme ventanal. Siempre tuvo batas y sábanas limpias, medicamentos, materiales de curación, acceso a todos los estudios que requirió, quirófanos, enfermeras, enfermeros y médicos las 24 horas. Tanta fue su cercanía que la mayoría de ellas y ellos estuvo en su velorio.

El caso de mi padre fue muy distinto. Peleó, peleé, pelearon para que no lo sacaran de la lista de usuarios del equipo de hemodiálisis. Durante dos años le lavaron la sangre dos veces por semana, pero llegada la hora del internamiento su experiencia fue muy distinta a la de mi madre. Lo arrinconaron en una habitación compartida por seis personas que disponían de un sanitario y una ducha sin agua. Tampoco tenía sábanas limpias, medicamentos, equipo de monitoreo y la atención mínima requerida. Por instantes lo veía alguna enfermera y, con más frecuencia, un médico reventado por los nervios, el cansancio y la impotencia por no poder hacer lo que dictan los protocolos. Aún lo recuerdo rugiendo regaños contra nosotros. En ese cuarto donde falleció mi padre, la sanidad, quietud, intimidad y autonomía eran aspiraciones humanas imposibles.

Otros de mis familiares también fallecieron en el ISSSTE, el IMSS y el Hospital General, sin haber recibido la atención y cuidado requeridos, aun y cuando toda su vida trabajaron para acceder a un servicio que no recibieron en la misma proporción de lo que pagaron por él. No fueron la excepción, sino la regla de quienes no pueden pagar un internamiento prolongado en un hospital privado.

Para no entrar en el mismo tenor de la discusión que explotó en medios y redes, con relación a la falta de medicamentos, insumos médicos, citas y equipo médico de alta especialidad, pondré sobre la mesa otra arista ética que se entrevé de la grave crisis que enfrenta el sistema de salud en México: la fatiga de la compasión.

Por decirlo brevemente, la fatiga de la compasión es la incapacidad de responder y compadecerse ante el dolor y el sufrimiento ajeno. ¿Se imagina cómo actúa una doctora o enfermero al que se le acabó la capacidad de apiadarse del que sufre?

De esto le hablaré en mi próxima entrega.


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Pablo Ayala Enríquez
  • Pablo Ayala Enríquez
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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