Digámoslo sin tapujos: México no merece excusas medrosas y falsas justificaciones. Quien se humille ante los bandidos ineptos y cínicos que llegaron democráticamente al poder para dinamitar desde ahí a la democracia, la división de poderes y el orden constitucional es, consciente o inconscientemente, un ser miserable.
Sin duda, la gran ausencia de ciudadanos en la vida cívica y política se explica en buena medida porque recurrentemente los partidos políticos privilegian los intereses de sus cúpulas y no abren con generosidad sus espacios a los liderazgos sociales; pero, sea lo que fuere, las tragedias de México (que día con día se agravan) no toleran ausencias. Alegar que la política es corrupta, que todos los gobernantes son iguales y que a los ciudadanos sólo nos queda soportar los atropellos es una salida cobarde.
No debemos olvidar que si el canalla tropical, con menos de 36 millones de votos, logró encaramar en la Presidencia a su fiel corcholata fue en gran parte porque más de 40 millones no se tomaron la molestia de acudir a votar.
Por ello, ante el desolado México de hoy, estimo pertinente insistir en la reflexión que hice y difundí en junio de 1976 (hace la friolera de 50 años). Una síntesis de ella es la siguiente: El voto es definición, protesta y señalamiento de caminos. Es definición porque ubica al ciudadano dentro de una corriente de opinión, de una filosofía política y de una táctica programática. Es protesta cuando resulta el instrumento pacífico que tiene el ciudadano para repudiar al gobierno que lo excluye de las decisiones que le competen, que le impide su realización y que hace escarnio de su dignidad. Es también camino por cuanto señala el rumbo de la vida social, económica y política. Es la manifestación civilizada del ser humano con responsabilidad histórica... Por eso el voto no puede estar privado de orientación moral, y la democracia no puede reducirse a números, pues ambos deben sustentarse en los hechos, la razón, la justicia y el derecho... Demos a la política el rango superior que le corresponde para lograr que la democracia deje de ser una palabra despreciada y sin sentido.
Al obradorato (ahora con A) lo carcome su lepra y, con la ilusión de mantener un poder que ya no tiene, restringe cada vez más los derechos ciudadanos. Por eso el próximo año vayamos a votar para acelerar su merecido regreso al glorioso rancho La Chingada.