Cultura

Caparrós el memorioso

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Son tantos los subrayados que se acopian en este nuevo libro del argentino Martín Caparrós, Antes que nada —al menos para mí, ya que me entero circula otra novela suya, BUE, donde vuelve la mirada a la ciudad de su primera infancia, tiempo definitorio para propios y extraños— que bien podrían comenzar estas líneas persuadiendo a unos y otros de que es una obra literaria de excelencia.

Martín Caparrós, Antes que nada, Penguin Random House, México, 2025, 656 pp.
Martín Caparrós, Antes que nada, Penguin Random House, México, 2025, 656 pp.

De aquellas que transitan con nosotros días y tardes, minutos y horas, y que quisiéramos no concluyeran en su última página.

Libros de memorias, de vida y todo lo que ella contiene, inclusive la muerte y la enfermedad, pergeñados como “de memoria”, con la desenvoltura que tributa la sinceridad y la transparencia de su relator.

Caparrós el memorioso, dixit otro argentino, quien en esta voluminosa entrega nos comparte su existencia en un mundo del que viene siendo un testigo privilegiado.

Larga vida la de Caparrós (1957).

(Apenas terminamos de atestiguar su ardorosa conversación con el mexicano Juan Villoro, en oportunidad del concluido mundial de futbol, experiencia literario-editorial de probada aceptación).

Una persona nacida en la segunda mitad del siglo veinte que, en los años de infancia, sabe que la patria, si es que existe, es un helado de dulce de leche. La misma que a sus casi setenta sigue creyendo en un mejor futuro, aunque para su conquista se requiera de un nuevo paradigma.

“Porque una revolución —un cambio significativo— es algo muy preciso: la apuesta a un futuro tan deseable que, por él, vale la pena jugársela”.

Periodista y escritor, en ambos oficios ha alcanzado los más importantes reconocimientos y su presencia es permanente, Caparrós (obligado recordarlo aquí, dicho por el mismo) padece esclerosis lateral amiotrófica, enfermedad neurodegenerativa progresiva que le afecta las neuronas motoras del cerebro y la medula espinal.

Padecimiento sobre el que reflexiona sin reservas en Antes que nada durante catorce capítulos intercalados en las casi setecientas páginas. Estaciones narrativas, el estilo literario cuidado del buen novelista y periodista probado sobradamente (“escribir, está claro, es leer descuidado”), que amalgaman la reconstrucción que de su vida hace el autor y, con ella, la del siglo veinte. Una centuria que para Caparrós y sus contemporáneos terminó, si bien “a colores”, con diferentes tropiezos.

“Se terminaban los sesentas: se acababa la década más luminosa, aquella en la que tantos se convencieron de que el mundo sería un lugar extraordinario —y empezaban los setenta”.

Abuelos, padres, colegio, militancia, juventud, lecturas y comenzar el oficio de escribir. “Hay objetos que te marcan y construyen”, escribe el autor. “Creo que soy de la última generación de niños en que el rito de pasaje a la etapa siguiente consistía en «ponerse los largos»: te sucedía, según los casos, entre los nueve y los doce años, digamos, por decir”, abunda.

Viajes, exilios, medios informativos, géneros literarios, libros y futbol. “La violencia parecía, entonces, una necesidad: la única forma de asegurar la construcción de sociedades mejores. Estaba claro, por supuesto, que nadie quería la violencia, a nadie le gustaba. Muchas veces escuché a militantes de pistola en cinto que decían que matar era solo un último recurso y que quizás era más fácil matar que ser matado. Pero lo hicieron, y ahora a veces es difícil admitirlo”, evoca Caparrós.

En el mismo capítulo que acota de inmediato un pero:

“…por ahora el capitalismo parece sólido, instalado, ha conseguido convencer a grandes mayorías de que es la única forma posible de organización social. Es más: ha conseguido convencerlas de que no se va a acabar nunca —cuando, por poco que se repase la historia de la humanidad, queda claro que no hay ningún sistema que haya durado para siempre”.

Igualmente crítico, Caparrós habla también de la Argentina actual.

“…nunca creí que mi país tuviera tanto odio, que desbordara esta violencia contra los más débiles, nunca creí que fuera así: siempre supuse que la Argentina era otra cosa, los argentinos otra cosa (...). Me equivoqué y pago por mi error. Si este señor es la Argentina (Milei), la Argentina es la caricatura que otros le dibujan”.

Para volver a la narración más intimista (incluyendo construcciones poéticas).

Ser como el colibrí.

Adoptar la vida colibrí: vivir a mil por hora.

Acumulándose los subrayados sobre este Antes que nada, lectura que habrá de llevar al lector a nuevos títulos del escritor y periodista.

El colibrí es la belleza: un despilfarro de belleza.

No saber de qué vas a morirte se traduce fácil por no saber que vas a morirte. Saberlo es la jauría.

Hay quienes dicen que la esperanza siempre es falsa: chotacabras, chichipíos arrechos, entonces habría que discutir qué es verdadero.

¿Por qué coño la felicidad se empeña en ser tan retroactiva?

Y uno más:

“No sé si mi madre me decía ya pasó —cuando algo me dolía o molestaba o apenaba. Lo he oído muchas veces, dicho a muchos bebés, pero no sé si ella me lo decía. Sospecho que sí y, en cualquier caso, sé que yo sí me lo decía, y me lo digo a veces todavía, cuando algo lo merece: ya pasó, Mopi, ya pasó, ya está. Hubo momentos en que este libro se llamaba Ya pasó”.


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Mauricio Flores
  • Mauricio Flores
  • mauflos@gmail.com
  • Periodista, estudió Ciencia Política y Administración Pública en la UNAM
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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