Gil se encontró de nuevo con Charles Simic (1938-2023), gran poeta y ensayista endemoniado. En la mayoría de sus ensayos, de corte autobiográfico, eruditos y a la vez sencillos e incluso divertidos, Simic habla de su oficio: la poesía. Hay un libro en la editorial Cal y Arena, traducido por Rafael Vargas: El flautista en el pozo. Gamés arroja un puñado de frases a esta página del fondo.
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Poema: un teatro en el que uno es la sala, el escenario, los decorados, los actores, el autor, el público, el crítico. Todo a la vez.
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Mi tema es la poesía en tiempos de locura. Allá afuera hay gente que tiene los medios para asesinarnos a mí y a todos los que amo sin previa advertencia. Todos estamos en la fila de ejecución. Cada día, cuando leo los periódicos y miro la televisión, me angustia la posibilidad de que no llegue nuestro indulto, que nuestra situación sea terriblemente incierta, ambigua y poco envidiable. No digo “seria”, porque también hay algo de risible en nuestro predicamento. Quiero que la poesía refleje toda esta variedad de contradicciones.
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Pobre poesía. Como un Buster Keaton imperturbable a solas con la mujer que ama en un trasatlántico a la deriva en mitad de una mar procelosa. O un ejemplo aún mejor: también a la deriva en un océano interminable, se topa con un anuncio, en realidad, un blanco para práctica de combate naval. Keaton se trepa en él, saca su cebo y su caña de pescar, y pesca tranquilamente. Eso es lo que es la gran poesía. Una magnífica serenidad frente al rostro del caos. Lo suficientemente sabia como para fingirse tonta.
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La diferencia entre los poetas se reduce a cómo experimentan las realidades comunes en su vida cotidiana. Cualesquiera ideas que ocasionalmente puedan tener provienen de esas impremeditadas particularidades. El poeta que adora el viento tiene dioses distintos a los del poeta que adora las piedras en la tierra. Lo que hacemos apasionadamente nuestro es lo que nos define. Las posesiones de los poetas —incluso las de los más grandes— son pequeñas. Unos cuantos objetos, unas pocas escenas vívidas y algunas figuras sombrías. Eso es todo. Lo que para todos los demás puede parecer pobreza, para el poeta representa, potencialmente, grandes riquezas.
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Todo sería muy sencillo si pudiésemos controlar nuestras metáforas. No podemos. Lo mismo es verdad respecto de los poemas. Podemos comenzar creyendo que estamos recreando una experiencia, que estamos intentado una mímesis, pero entonces el lenguaje toma las riendas. De pronto las palabras piensan por sí mismas. Es como decir “quería ir a la iglesia, pero el poema me llevó a las carreras de galgos”.
Cuando eso me pasó por primera vez estaba horrorizado. Me tomó años admitir que el poema es más listo que yo. Ahora voy adonde él quiere ir.
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Heidegger dice que jamás comprenderá propiamente qué es la poesía mientras no entienda qué es el pensamiento. Luego añade —lo que es aún más interesante— que la naturaleza del pensamiento es otra cosa que pensar, otra cosa que querer. Es a eso “otro” a lo que la poesía le pone trampas para cazarlo.
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Escribir es siempre una burda traducción en palabras de lo que no tiene palabras.
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Puede ser que el poeta desee contarnos acerca de su vida. Unas pocas imágenes de un momento fugaz en el que estuvo feliz o excepcionalmente lúcido. El deseo secreto de la poesía es detener el tiempo. El poeta quiere recuperar un rostro, un estado de ánimo, una nube en un cielo, un árbol al viento, y tomar una especie de fotografía mental de ese momento en el que como lector uno se reconoce a sí mismo. Los poemas son fotografías de otras gentes en las que nos reconocemos.
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Uno quisiera decir algo acerca de la época en que vive. Toda época tiene sus injusticias y sufrimientos inmensos y la nuestra difícilmente sería una excepción. Hay que enfrentar la historia de la vileza humana y todos los días tenemos nuevos ejemplos en qué meditar. Vivimos en una época en que hay cientos de maneras de explicar el mundo. Todo es creído: todo tipo de religiones y todo tipo de especulación científica. Acaso la tarea de la poesía sea rescatar algo auténtico del naufragio de los sistemas religiosos, filosóficos y políticos.
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Todo es muy raro, caracho, como diría Simic: “no supongas que eres el único en el mundo que sufre”.
Gil s’en va