En mayo de 1748, Mozart fue a una tienda de animales en Viena y adquirió un estornino. Apoyado en la investigación de Lyanda Lynn Haupt, Eduardo Huchín Sosa (Campeche, 1979) ahonda en esta curiosa anécdota. Los años que convivió el músico con el ave derivaron en cierta influencia en sus obras. Por ejemplo, Papageno, personaje de La flauta mágica, quien es definido por Lynn Haupt como “sociable, inquieto, extravagante, ligero, dotado musicalmente, imprevisible; es decir, la personificación misma de los estorninos”. Para poder saber qué era lo que Mozart apreciaba en el estornino, Lynn Haupt sustrajo uno de ellos de un nido y así pudo analizar sus cualidades.
Huchín, melómano, se contagia del entusiasmo de la ornitóloga, y ofrece al lector dos visiones sobre los estorninos: la de Mozart y la científica. A esta última se le ocurrió ponerle música mozartiana al pájaro, mas no le interesó, se mostró más atento al repertorio de Bach y al bluegrass, música folclórica estadounidense de la zona de los Apalaches. Seguramente Mozart se entristeció con la muerte de su amigo plumífero, porque acaso logró establecer una relación estrecha con la naturaleza a partir de la observación y las cualidades que halló en el estornino. Porque “tienen la costumbre de alterar en su canto momentos melodiosos y pasajes discordantes, responder líneas melódicas fuera de tono, fracturar frases musicales en lugares inesperados y terminar de manera abrupta”, afirma la estudiosa en aves. Añade Huchín: “Exactamente los mismos vicios que los especialistas han advertido, por dos siglos, en Una broma musical. Por este motivo no es imposible que Mozart mismo haya querido reproducir en su composición los sonidos que había escuchado durante los tres años de vida de su estornino”.
Mientras que un estornino inspiró a Mozart, una parvada de ellos hizo lo mismo con Elsa Cross al describir lo que acontece cuando se presenta una noche de Insomnio (2016). La poeta recurre a estos pájaros para describir la enorme nube negra que se cierne sobre la persona que no puede conciliar el sueño e irá perdiendo su capacidad de apreciar la realidad.
Otro compositor que sentía predilección por las aves es Wagner, quien tuvo a un loro como animal de compañía. En realidad fueron dos: Papo y Jacquot, y una docena de perros. La función de los loros era aprender lo que la esposa de Wagner les enseñaba, por lo regular frases que llamaban la atención de Wagner para sacarlo de momentos en que se la pasaba ensimismado. También imitaba el sonido de la puerta al abrirse y, como relata Huchín, “buscaba al intruso, para deleite de Wagner”. Minna Wagner adoctrinó al ave que dijera: “Richard Wagner es un hombre malvado”, frase que el músico incorpora en una de sus óperas, sin la mención a él; así en boca de sus personajes se puede escuchar las palabras del loro en El oro del Rin. Flaubert igualmente se hizo de un loro y de ahí Julian Barnes escribió una novela.
Salvador Elizondo tenía un loro de compañía, se llamaba Curro. Por su parte, Gabriel García Márquez también se acompañaba de un loro que, sin duda, tenía un nombre, pero nunca me atreví a preguntárselo. El día que murió don Gabo, su hijo Rodrigo cuenta que esa mañana una de las chicas de la limpieza encontró un pájaro muerto donde solía sentarse el escritor. En Cien años de soledad también se presenta la muerte de los pájaros cuando fallece Úrsula.
Pero no todos los músicos son amables con los animales. El histérico de Maller hizo que sacrificaran a un cuarteto de gallos que, desde su perspectiva, no lo dejaban componer. El absolutismo reinaba en la casa de los Maller. Alma Maller tenía prohibido tocar el piano, pues atendía a la palabra de su esposo: “Para que podamos ser felices juntos, tendrás que ser mi esposa, no mi colega”. El machismo en su más aguda expresión predominaba en esos muros. Acaso la esposa hubiera corrido con la misma suerte que los gallos, pero por fortuna halló consuelo al conseguirse a un amante más joven que ella. Hasta ese momento, Maller sacó las composiciones de su esposa y alardeó lo buenas que eran. No obstante, “el matrimonio con Maller en 1902 socavó sus ambiciones artísticas”, refiere Huchín. ¿Cuántos casos no se habrán presentado así que, hasta que el marido fallece, la viuda logra ser apreciada por ella misma?
La consagración de la maldita primavera no es propiamente un libro de música y aves, cada quien observa coincidencias y distintos plumajes. La selección de artículos y ensayos abarca más tesituras y géneros, incluso desde lo popular hasta la música de concierto. Lo que llama la atención es la forma en que Huchín Sosa intercala datos eruditos, históricos, con anecdotario de personas, animales o cosas. El sentido del humor suele ser una pepita de oro en la literatura mexicana y pocos autores lo frecuentan. Aunque persistan como gambusinos a la orilla del río intentando sedimentar el metal preciado, no siempre se obtienen buenos resultados. En caso de que el humor no derrame ni una sola gota sobre el teclado, habría que encomendarse a una serie de espíritus que deben estarse carcajeando cada vez que alguien ostenta que su escritura frecuenta la ironía. Esos espíritus bien pueden ser Carlos Monsiváis, Jorge Ibargüengoitia, Oscar Wilde, Salvador Novo, el Amado Nervo de “Fotografía espírita” y algunas veces Luis Ignacio Helguera.
Eduardo Huchín va hasta las últimas consecuencias, toma un tema y no lo suelta hasta que posee una historia redonda. Con pasos firmes escudriña y busca nuevas formas de mirar a quienes componen música, desde la clásica, el rock, el jazz, la balada, el pop. En su escritura aparentemente se privilegia a la espontaneidad, lo que describe lo hace de una manera fresca, sin poses ni acrobacias; es directo, ameno y, sobre todo, sabe cultivar algo que caracterizó a los coleccionistas del siglo XVIII, el asombro. Sus artículos recuerdan los gabinetes de curiosidades, antecedente de los museos.
Otra de sus aportaciones radica en que suele reunir dos asuntos sin relación aparente, aunque luego establece paralelismos y vínculos inesperados haciéndole creer al lector que esos temas no podrían ser abordados de otra manera. En ese sentido, es un prestidigitador de las aportaciones culturales, logra que los clásicos de la música de concierto logren bajar del pedestal de la historia y se vuelvan seres humanos como siempre lo fueron, sin que se les caiga una sola pluma.