Cultura

Entre la IA y el lector de largo aliento

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La semana pasada se habló del premio de novela Almadía que, supuestamente, fue hecho con la IA. La herramienta que se utilizó, Pangram, ostenta un rango de error del 1 por ciento, aunque un 35 por ciento de ella ha sido “nutrida” de textos correspondientes a la creación literaria y se desconoce qué textos en castellano fueron incorporados. Es un asunto complejo, no podría asegurar que la información descrita en El País sobre Donde el agua trabaja de David Silva Rojas, es totalmente cierta. De lo acontecido surgen algunas reflexiones:

Uno. El tipo de periodismo en la actualidad. El equipo de investigación de El País debió de haber buscado tanto al autor peruano como al editor, las escritoras que fueron parte del jurado y la voz de un especialista en Pangram que incluyera los datos sobre creación literaria. Eso le habría dado mayor sustento a la información y así se evita caer en el vicio del periodismo de resortera; es decir, el reportero impunemente avienta una piedra, ocasiona un daño y no pasa nada. Sin embargo, el trabajo periodístico de los últimos tiempos obedece a otros intereses y el enfoque ha cambiado. Se extrañan esas épocas donde se le daba suficiente espacio a un reportaje narrativo o a una entrevista con un personaje notable, y entonces el reportero desplegaba sus habilidades en la escritura, como ocurrió con el Nuevo Periodismo. Lamentablemente el lector de largo aliento, especie en extinción, cada vez es más infravalorado y los medios de comunicación tanto impresos como electrónicos poseen la tendencia de reducir los espacios informativos. Es claro que la competencia es visual, lo virtual impera, la síntesis de datos, imágenes llamativas y poco texto hacen que este tipo de lector enfrente un panorama desolador.

Dos. En la era de la IA y demás robots, la visión en las editoriales deberá cambiar. Al dictamen literario que se le encarga a alguien especializado en el tema, capaz de hacer una valoración y de detectar las aportaciones del libro, además de una revisión de la obra desde la perspectiva del área de mercadotecnia, se sumará un dictamen de tecnología. En este último será una prueba para detectar el porcentaje de información generada por la IA, una especie de “detector de autenticidad”. Pero hasta que no exista más información sobre los límites del programa u otras medidas electrónicas, el resultado generará dudas. Otra cosa que me desconcierta es que han surgido convocatorias literarias con el uso de la IA, eso me parece que se resume como un grito del convocante para generar expectación entre los lectores de bestsellers u ociosidades, nada más.

Tres. Esto tiene que ver con el tema del libro que abordo. ¿Qué estamos haciendo para que el trabajo intelectual no sea disfrutable? Esa pregunta es la que intenta responder El informe de Remedios Zafra, un ensayo sobre cómo los seres humanos hemos perdido la capacidad placentera al escribir y nos remitimos a ejecutar tareas de forma mecánica. ¿El trabajo intelectual cede a la obediencia y a la burocracia?, es otra de las interpelaciones que rondan en el ensayo. Habría que sumar otras: ¿Por qué un novelista debería pedirle a la IA que escriba su texto? ¿Qué tipo de personas suelen solicitarle a la IA que hagan su trabajo? ¿Cuáles son los usos de la IA relacionadas con la escritura? ¿Se puede pensar en la IA más allá de una herramienta para obtener datos?

'El informe'. Remedios Zafra. Anagrama. España, 2024.
'El informe'. Remedios Zafra. Anagrama. España, 2024.


Zafra pone ejemplos al alcance de todos, va de lo particular a lo universal y dota de información complementaria sus inquietudes. Son textos breves, directos, que tienen como finalidad responder desasosiegos relacionados con la escritura y la tecnología.

Mario Vargas Llosa, en una de sus etapas como periodista, mencionaba que en la redacción donde trabajaba había unos compañeros a quienes llamaban dateros. Ellos no redactaban, sino que pasaban la información a los reporteros. Esa sería la función más encomiable de la IA, relacionada con la escritura, siendo un datero. O para información burocrática, empresarial, en donde no figura la presencia del lector de largo aliento.

Otra inquietud de Zafra es: ¿En qué momento dejamos que la IA resolviera cada vez más de nuestro trabajo y más, específicamente, nuestros placeres? La escritura es un ejercicio placentero, la mayoría de las ocasiones. Hay límites que no se deben cruzar porque se caería en el absurdo, en el ocio, en la desvalorización de la escritura. Decirle a la IA que escriba como si fuéramos nosotros sería como simular que algo es verdad cuando no lo es, o como cuando alguien solicita un resumen de un libro o lo más destacado y así finge que sabe del tema. Otra situación en contra de los lectores de largo aliento.

Si pienso en situaciones aterradoras, me viene a la mente la idea de que una IA que sabe de mis gustos literarios, que conoce mis observaciones y se alimenta de mis textos, una mañana de domingo me despertará con la noticia de que ya escribió uno de mis artículos. Y entonces yo puedo dedicarme a echarme a perder plenamente. En ese momento una telaraña de moho y negligencia caería sobre mi cerebro, volviendo cada vez más y más errático mi capacidad de habitar en el planeta. Cuando doy clases a veces olvido el título de un libro, autor o una fecha de entre algunos a los que me refiero. Si hay tiempo lo busco de inmediato, de lo contrario queda pendiente y luego lo reviso. Pero la memoria es impredecible, o la neblina mental como les gusta decir a los médicos, pues antes de que termine la clase me salta el dato esperado, las neuronas me lo aúllan y debo mencionarlo de forma imperiosa porque seguramente se archivará de nueva cuenta en un lapso indeterminado. Conocí a Huberto Batis siendo una de sus alumnas en un taller de Revista literaria, en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. En unas clases salpicadas de anécdotas, historias personales, crítica literaria y un amplio conocimiento de la literatura hispanoamericana, a veces se quedaba en pausa por un título de libro. Cuando me atreví a levantar la mano, sabía que corría dos riesgos: el de equivocarme y el de decir algo que provocara un enojo momentáneo, un incendio inesperado. No obstante, no sé cómo me armaba de valor y respondía sin que se suscitara algún contratiempo. A medida que el curso avanzaba me fui dotando de seguridad. Luego notó que ya no pedía la palabra, entonces me preguntaba directamente y desde ahí comenzó una conversación literaria. Él como maestro, yo como alumna, lectora, correctora del suplemento, colaboradora, receptora de su conocimiento y, a veces, datera.

Volviendo al libro, también se aborda el tema del ocio. Cómo lo administramos, qué papel desempeña en nuestras vidas y si en realidad le damos demasiado tiempo al trabajo en nuestras vidas que hasta el mensaje del jefe inoportuno puede alterar ese momento.

Dino Buzzati en una de sus novelas cuenta cómo un hombre se enamora de una máquina, en el tiempo en los que la IA no era tan sofisticada como ahora la conocemos y tampoco tenía un perfil laboral como el de Alexa o de Siri. Otro caso de un escritor enamorado de la IA es Naief Yehya, quien desde hace varias décadas aborda en la ficción y en la reflexión asuntos de los cyborgs. Probablemente Batis diría que se lo devoró a IA.

Conozco personas que les cuentan cada uno de sus problemas al ChatGPT, obtienen una “orientación” y lo más importante para ellos, una redacción exacta para poder comunicarse con alguien de forma eficaz, sin que exista una mala interpretación. El ChatGPT lejos de resolver dudas gramaticales, formula interlocuciones, argumentos para que el receptor en cuestión logre entender el mensaje. Los huecos que dejaron los profesores de redacción quedan solventados.

La IA es un asunto de varias complejidades que no se pueden resolver sólo en una nota periodística.


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Mary Carmen Ambriz
  • Mary Carmen Ambriz
  • mcambriz@hotmail.com
  • Ensayista, crítica literaria y docente. Fue editora de la sección Cultura en la revista Cambio.
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