Bajo democracia el poder es un préstamo, un ejercicio de mediación con la sociedad a través de su verdadera autoridad: la ley. Las barreras son imprescindibles. Una confusión de inmadurez política se embriaga en la autoridad con su versión más enfermiza, aquella que sólo admite el consenso a su derredor y ve en toda duda o rechazo una traición.
Las formas patológicas de la autoridad no soportan la realidad y la perciben como una afrenta. Entramado legal, acuerdo del presidente consigo mismo. En nombre de la seguridad nacional un decreto transforma la vida pública en su perversión.
Palacio Nacional compra y sube la apuesta de la tradición tecnócrata, donde unos cuantos parten de saber lo que el sector mayoritario desconoce. El ejercicio es tan discutible como criticable, pero tiene la obligación de probar razones. Es lo que conocemos como transparencia: los medios para demostrar y el deber de hacerlo.
El gobierno mexicano repite el esquema mientras niega su razón. Sólo él sabe y conoce. Su palabra no necesita de ejemplo, relación de consecuencias o estudio, apenas el reconocimiento del sector específico de la sociedad al que admite como tal. Una manzana declarada como seguridad nacional no debe probar que se trata de una pera.
Poder no siempre significa autoridad; aquí promovemos una enraizada en lo ideológico que, en la exigencia de entrega, se transforma en religioso. Sin embargo, ni siquiera su reconocimiento le es suficiente para institucionalizarse. Entonces, usa las instituciones que mejor se le adecúan: el ejército y el ocultamiento como método para corromper la verdad. Ya no contemos la historia de los militares o los detestaríamos.
En su Discurso sobre la servidumbre voluntaria, de La Boétie escribió: “Jamás ha sucedido que los tiranos, para asegurarse, no se hayan esforzado por habituar al pueblo no sólo a la obediencia y a la servidumbre sino también a la devoción hacia ellos. Lo que enseña, pues, a la gente a servir más a gusto”.
Vemos así a un gobierno incapaz de ejercer autoridad sin sus vías de fuerza. Es turno de la exaltación, el más pobre de los argumentos. La imposición no es autoridad sino poder, si lo fuera no necesitaría imponerse. Nos habituamos.
@_Maruan