Alí Larijani, asesinado esta semana, poder de facto en Irán y secretario del Consejo de Seguridad Nacional, sabía, como todos en el gobierno de la República Islámica, que su existencia era un objetivo. Su cualidad de poder era ser el intermediario entre los demás poderes, para eso necesitaba mantenerse vivo.
Una paradoja de la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán da la impresión de menospreciarse en la estrategia de eliminar a las cabezas del aparato iraní. Primera complicación, son demasiadas. Con un costo que se amplifica para la operación entera. Si bien bajo la óptica israelí se entienden sus motivos para ir contra Larijani; Gholamreza, cabeza de la fuerza Basij, o Esmaeil Khatib, ministro de inteligencia, no parecen cuestionarse qué hacer si sus muertes, efectivas en lo táctico, van políticamente en dirección opuesta al reforzar los ánimos dentro de las Guardias Revolucionarias. La decapitación contribuye a la movilización de sus bases. En su lógica, proporciona legitimidad a sus fuerzas.
Radicalizar aún más a una maquinaria como la de la República Islámica es posible. Cierta confusión ha hecho sinónimos a moderados con pragmáticos. Larijani era pragmático por su capacidad de negociar. No era moderado quien estuvo atrás de la masacre de miles tras las protestas de diciembre y enero.
El martirio es la instrumentación de una muerte para obtener un capital político. Transforma a ciertas muertes en un nuevo inicio de lo ya comenzado. Sin esa dimensión cultural, la victoria táctica decide no incorporar una lectura política a las acciones.
Las estructuras de seguridad en Teherán probablemente reemplazarán a Larijani a razón de sus necesidades militares, por encima de las posibilidades políticas.
Saeed Jalili, político ideologizado, es peligroso por sus posiciones extremas, incluso dentro del discurso de la República Islámica. Akbar Ahmadian, u otro semejante con formación militar, se acoplaría a la estrategia de escalada. El ataque a la infraestructura de energía en la región, receta de destrucción compartida entre las partes. Reforzamiento al interior. El aparato alienta marchas a su favor para imprimir miedo en las oposiciones que se atrevan a salir a la calle.