Lo que dio la impresión de seguir una ruta precaria pero definida, cambió a mal en unas horas. Confirmaciones y negativas sobre el viaje de delegaciones iraníes y estadounidenses a una segunda negociación en Pakistán se cruzaron indistintamente.
Terminó el cese al fuego, se pospuso Islamabad, se extendió el cese al fuego.
Si en un inicio faltó plazo para la nueva extensión, los 3 a 5 días anunciados después tampoco cargan el mayor peso. Es la continuidad del bloqueo en Ormuz y sus reacciones las que guardan apuestas políticas.
El estado de aparente limbo, sin acuerdos, pero tampoco en escalada directa, pone a prueba las capacidades de adecuación política por encima de las económicas. Incluso, con los costos fuera de sus contenedores.
Si Teherán busca medir qué tanto más soporta Washington su situación de difícil salida, le falta reconocer su posición no sólo con finanzas increíblemente dañadas, sino con varios de sus espacios de maniobra política interna erosionados.
No es lo mismo mantener capacidades de operación militar —las tiene—, que evitar nuevos frentes de crisis local.
Tensiones al interior de la República Islámica existen, no equivalen a ruptura. El error común que ve homogeneidad en los conjuntos medio orientales se repite en la dimensión que se les da a las nociones de fractura dentro del gobierno en Teherán.
Las Guardias Revolucionarias son tan heterogéneas como otras fuerzas. Las diferencias siguen en el grado de pragmatismo o de línea dura. Galibaf, vocero del parlamento, es más político que Vahidi, comandante de las Guardias Revolucionarias, vinculado al atentado de 1994 contra la AMIA en Buenos Aires. Del primero no me hablan tan mal algunos en el Golfo. Muchos, al segundo, le detestan. Los dos, habilitados en su relevancia actual por la operación estadunidense y señalados por Trump como un nuevo régimen proclive al diálogo.
Extender el limbo puede orillar a que Teherán acepte concesiones. También, a que las fricciones internas crezcan. Ojalá, conforme pasa el tiempo, con todo y el horror criminal tras de sí, el nombre de Vahidi no suba de importancia.
El riesgo no sólo está en Ormuz, como en el tipo de gobierno que tendrá Irán después de este instante.