Toda ruptura en el piso de las discusiones busca anularlas. La visión dicotómica y oficial hacia la democracia mexicana es la perversión del terreno, no sólo de aquello en él. La argumentación navega entre el ridículo y este se transformó en el estado de nuestra convivencia política.
El análisis de fenómenos identitarios les dio tradicionalmente a sus coincidencias más agresivas un mismo valor destructivo. El rango más bajo del identitarismo es la adherencia y ella, a su vez, tiene su sótano en la suma discursiva incapaz de contemplar el efecto de la banalización.
La exclusión de toda forma de pensar ajena a las simpatías reinantes casi siempre tomó en la actitud integrista su principal alimento. En México, a pesar de la animosidad, ni siquiera cuentan con la eficacia de otros fundamentalismos políticos. Ahí el riesgo: se minimizan las adherencias si no ejercen violencia física o amplifican implacablemente las capacidades coercitivas de un gobierno.
Las definiciones librescas de compañero de viaje o idiota útil son susceptibles a una figura paralela. Menos refinada.
El adherente interpreta vocaciones, propone leyes para castigar injurias a su silueta proverbial. Funcionarios adherentes gritan defensas personales a ineptitudes de jerarquía superior. Periodistas o expertos adherentes ya no definen lo verdadero desde lo real.
Se adhiere a dictaduras un gobierno cuando tarda en rechazar su barbarie. El tiempo no perdona ni limpia la mezquindad.
La disociación burda, patente de la tribuna presidencial, acusa hoy a quien se dirija a una manifestación pública de nostalgia por un criminal. No se trata de simplificación extrema. La relación de elementos inconexos entre una protesta legítima y un juicio que no intentó el gobierno mexicano sólo encuentra lógica en la adhesión.
Nuestras adherencias surgen a expensas de etiquetas —aprovechándolas— y lucen su falta de lectura política. Son la negación a los escenarios de sus acciones y dichos; las consecuencias no inmediatas.
Qué estado de convivencia es posible al eternizarse el conflicto social provocado desde Palacio hacia las estructuras democráticas. No es un objeto con caducidad, sino el coqueteo con la descomposición política.
@_Maruan