Política

Enfermedad política

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Si tan solo nos diéramos cuenta de la dimensión de la catástrofe, no insistiríamos en manejar la pandemia y sus consecuencias como si se trataran de cualquier otra crisis política. Qué mal conduce su encierro quien devalúa todo lo que está afuera de sus terrenos y ve un país desde el paternalismo de la tribu.

En qué penoso autoengaño se envuelve el Presidente al afirmar que la violencia contra mujeres no se ha exacerbado durante la pandemia. Cuál prudencia se guarda al decir que ya pasó la ola de despidos, mientras miles de personas temen por sus ingresos. Qué poco ha observado a sus cercanos, un poderoso que supone el fin de toda investigación periodística es desacreditarlo. Si en la administración pública hay elementos de duda, habrá que estar muy confundido para anunciar conspiraciones y creer que el problema está en quien hace las preguntas correctas.

El espíritu tribal se defiende a sí mismo por encima de las materias del Estado, porque ninguna tribu lo es. No hay gran razón para hacer política al interior de un clan; las jerarquías de ascendencia no demandan prueba. En la primitiva condición del paternalismo, el portador del bastón de mando lo asume suficiente para tener razón. Solo quien no entiende qué es un Estado creerá que la verdad proviene de la verticalidad y dependerá del emisor de la palabra.

Hoy resentimos la falla de nuestras ejecuciones. Enfrentamos una crisis para la que no son útiles las formas a las que nos acostumbramos en los últimos años, pero sí lo son las bases fundacionales de criterios que desprenden formas. El Estado, la ley, la verdad.

El impacto es tan grande en la economía, como en la manera en que precariamente se ha desenvuelto nuestra vida política o familiar —esa que a su interior oculta la violencia —; tan grande como los miles de muertos que se contarán más pronto que tarde. El fin de esas vidas no admite la política de tribu, ni las ideologías o las necedades. En los crematorios ninguna de ellas consuela a las víctimas de la enfermedad.

Deberíamos recuperar algo cuya permanencia se encuentra arriba de nuestras carencias: el interés público por un Estado antes que por sostener un discurso oficial, o una inclinación partidista y por ende subjetiva. En ese país que Palacio Nacional trata como tribu, las acciones para detener la violencia de género han sido tradicionalmente una miseria y este gobierno no ha parado de restarles importancia. En este Estado es urgente abandonar la perorata que solo satisface a propios y reconstruir la economía, darle nombre a esos muertos que se incorporan a una cifra arrebatándoles identidad y perdiéndose en las sandeces de la mañana y sus continuidades.

Entendemos eso, o la tragedia no nos habrá enseñado nada y seguiremos en las diatribas de nuestra mezquindad.

La pedagogía política y el rango del puesto obliga a que el primero en aceptarlo sea el Presidente de la República. En caso contrario la historia podrá darle el lugar que no pidió, como nadie pidió un virus que ha destruido la vida que queremos recuperar.

Dejemos la idea ingenua del cambio bien intencionado. Queremos volver a ver a nuestras familias, ir a nuestros lugares y despedirnos de nuestros muertos, reconociéndolos. 


@_Maruan

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Maruan Soto Antaki
  • Maruan Soto Antaki
  • Escritor mexicano. Autor de novelas y ensayos. Ha vivido en Nicaragua, España, Libia, Siria y México. Colabora con distintos medios mexicanos e internacionales donde trata temas relacionados con Medio Oriente, cultura, política, filosofía y religión.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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