El establecimiento de lo cívico en las sociedades dejó un vacío con apariencia irreparable, que se aprovechó de las estructuras laicas para llenar las grietas de su evolución. Se le ha otorgado a un individuo el poder de encontrar inteligibilidad donde no la hay. En el Plan Nacional de Desarrollo versus la realidad, en los costos y viabilidad del Tren Maya, en la mención de justicia sin verdad ni garantías de no repetición: él ve lo que otros no. Es el único que interpreta la solución entre la incompatibilidad de lo que dice con el sujeto de lo dicho.
El espíritu de la vida pública mexicana se ha transformado en la expresión de lo redituable que es la búsqueda por sanar nuestra fragilidad. Algo falló en el mundo para que, en el siglo XXI, aún se crea que las virtudes adjudicadas en otras épocas a la divinidad serán abrazadas por un individuo terrenal.
No es la figura mesiánica que se ha repetido hasta el hartazgo, sino el frívolo traductor de las inquietudes que navega por encima del marco que las provoca. El fracaso en la aplicación de lo legal se convierte paulatinamente en el espacio de lo prelegal. Antes de que las leyes fueran de todos para todos, eran de un hombre para el resto. Vemos la vuelta al origen y lo aceptamos.
El nuevo intento mexicano por habitar la democracia desapareció la conversación alrededor del gabinete. Los secretarios apenas dejan la intrascendencia si son corregidos por el traductor de sí
mismo.
En los países donde la ley de los humanos no encontró la forma de convertirse en rectora, hay una tendencia por ser benevolentes hacia los gobiernos de gran verticalidad. Cualquiera que se haya asomado a los gobiernos medio orientales, de los que escribo frecuentemente, conoce el fenómeno. A la pedagogía cívica se le permite impartirse bajo la moral y sus expresiones, siempre, juzgan desde una posición que se adjudica la capacidad para diferenciar el bien y el mal por arriba de los otros. Por ello su palabra es la solución a los conflictos.
Ante el desastre que significó el abandono del estado de derecho, no se decidió recuperarlo. Se ha optado por hacer derecho desde la palabra del hombre del Estado.
Las disculpas, ya constantes, bienvenidas para dar un primer paso contra los atropellos, son ahora la absolución que exime del cumplimiento de la ley.
Tampoco somos nuevos en estos menesteres. Creamos la ley para cuando el hombre bueno, que no está entre nosotros, desapareciera. Para anticiparnos a su maldad, indolencia e incapacidad.
Insisto. Es la explotación de nuestra fragilidad. ¿Qué sociedad quiere pasar a la historia por sus defectos? Nuestros gobiernos han sido titulares de esfuerzos gigantescos por anular la posibilidad de trascendencia que hoy se ofrece. Solo que los miembros de las sociedades nunca son testigos de ella. Ésta se construye oculta a sus espaldas. Es conquistada si sus leyes les sobreviven de manera positiva y dicha cualidad se reconoce al contar con un blindaje suficientemente grueso como para evitar las fragilidades del principio.
Hemos caído en la ingenuidad de creer que la historia se construye a través de celebraciones tan huecas como el inicio del aeropuerto que no inició, más que en su interpretación.
@_Maruan