A menudo, es a través de las tangentes en los grandes eventos de la vida pública que se exhiben las más bajas y gratuitas calidades de sus participantes. Las reacciones, displicencias, excusas y silencios alrededor de una tesis plagiada, con el nombre de quien buscaba presidir el máximo tribunal del país, enarbolaron a la mentira transformada en el eje retórico capaz de anular cualquier tipo de construcción social.
Cuánta mediocridad cabe en la satisfacción de quien se debe a un plagio, sino la necesaria para ser indiferente a la contradicción. La satisfacción de la pequeñez.
En Palacio, en la Fiscalía de la capital, en los ecos mediáticos del gobierno mexicano, se despreciaron los códigos de la lógica y del tiempo para, una vez más, limitarse a los provenientes de la afinidad política.
Es la satisfacción con lo aparente, que le permitió a una ministra de la Suprema Corte abrazar el patológico y muy nacional valor probatorio de los testimonios. Aquí, en un país tan proclive a la mentira.
El retraso de la Fiscalía de la Ciudad de México en aclarar lo que solo favorecía a la ministra con cercanías al gobierno federal —así fue usado por ella— mostró la ausencia de incomodidad por el rechazo a las mínimas convenciones de verosimilitud. El periodismo hecho vocería del oficialismo no tuvo reparo en dar por buena una declaración inconsistente, como el deslinde de la fiscalía tampoco busca siquiera, hasta ahora, profundizar en lo que significaría la falsificación de una resolución a su nombre.
La misma dosis de mediocridad ronda en los defensores de la instancia de justicia que niega pronunciamientos y no se detienen a reclamar con alertas las implicaciones en dicha negación.
En la desvinculación de la palabra con los hechos, se ha puesto en duda cada aspecto de la conversación: las pruebas, lo que se presenta, lo que se desecha. Solo que en esa conexión se sustenta la relación entre ciudadanos y órganos de gobierno; entre lo reglamentado por la ley y los comportamientos definidos a través de la ética. Queda la nada y hasta la nada se impregnó de mediocridad.
El código de aproximación a la realidad es el desinterés por asumir el sentido complicado de las acciones políticas.
Maruan Soto Antaki
@_Maruan