La indolencia ha permitido que este país conozca la barbarie.
Se estará equivocando quien crea que a México le urge más sostener una inclinación ideológica o un proyecto de gobierno que una dosis de decencia. Entre las condiciones del hartazgo se encontraban y permanecen tanto la violencia como la crisis de seguridad y su continuidad en crisis de derechos humanos. Los poderes mexicanos siguen cometiendo la ignominia de diferenciar a las víctimas entre cómodas e incómodas. Se expresa en el desdén que califica la desesperación o la tristeza en lugar de enseñar empatía.
Un antídoto a la indolencia está en la pedagogía política que todos los gobiernos mexicanos han ignorado. Desestimar los reclamos ciudadanos al punto de la falta de generosidad hacia una caminata por la paz, o aplaudir las acciones de una fuerza del Estado que se ha mostrado violenta, es apostar a la disfuncionalidad que solo cuida a quienes considera similares.
Aquí, siempre, la distancia entre las víctimas y el Estado depende de su capacidad para alimentar un discurso de gobierno.
Nadie que se presuma decente puede aguantar el dolor ajeno, con tal de no tocar la indolencia que este gobierno ha mostrado frente a miles de migrantes y de víctimas que no caminan a su lado. El lado ha importado más que la condición de víctima.
Como en cualquier administración habrá logros de distintos tamaños; ninguno por encima de las lágrimas de niños intimidados por un soldado. Ningún proyecto tendrá sentido si no se grita contra el estruendo de toletes y escudos que marcan el paso de una tropa hacia la desesperación de un migrante. Qué dignidad se conserva en el silencio ante el guardia nacional mofándose de arrojar gas hacia un vulnerable. Con qué cara se habla de justicia mientras se minimiza y admiten calificativos burdos contra los familiares de desaparecidos y asesinados a raíz de la demencia. Quién es capaz de hablar de esperanza cuando la inmediatez política es más urgente que la memoria.
Hoy, entre orfandades ideológicas se ve perdida la decencia de políticos, de incondicionales y de funcionarios. Son estos últimos los que si guardan congruencia podrían optar por una ruta que aún no hemos tomado.
Nunca dejemos de apelar a la decencia. No hay causa por encima de una víctima.
La intrascendencia de un bloque opositor a lo oficial atestigua nuestros vicios políticos. Cada uno de nuestros defectos aparece en la perpetuidad de la indolencia y la falta de empatía a la que estamos acostumbrados. Las peores características de este país están en quienes politizan el dolor de un otro con tal de cuidar su filias.
La idea de cambio no se reducía a mantener el desastre sustituyendo a quienes provocaron y simbolizaban el desastre de país.
Víctimas de la violencia o de la pobreza comparten la demanda de dignidad que no encuentra relación entre horrores y discursos. No importa cuántos secretarios de Estado lo nieguen, quien no ha cerrado los ojos ha visto la brutalidad de la Guardia Nacional contra los migrantes que atraviesan el Suchiate. Desconfiemos de quienes ven orden en los eufemismos.
Para un gobierno al que gusta hablar de moralidad, atrás de su retórica elude la obligación moral de cuidar la dignidad.
@_Maruan