Habría que confirmarlo con encuestas, pero queda la impresión de que en los debates más recientes el gobierno de Claudia Sheinbaum no ha conseguido un saldo favorable frente a la opinión pública. El tema de los derrames de hidrocarburos en el Golfo, el informe de la comisión de la ONU sobre desapariciones forzadas en México o la polémica sobre la Colección Gelman arrojan un balance preocupante. Cada uno de ellos obedece a una naturaleza distinta, por supuesto, y han merecido argumentos y análisis copiosos a lo largo de estos días que resultaría imposible de resumir en este espacio.
Pero en conjunto tengo la impresión de que los argumentos del gobierno han sido débiles e, incluso, contraproducentes. Quizá no lo perciban así los partidarios de Morena, pero sí algunos o muchos que, si bien aprueban el desempeño de Claudia Sheinbaum, cuestionan distintos aspectos de su administración.
La razón por la cual el gobierno ha respondido de manera poco eficaz para sus propios intereses tiene también distintos orígenes. En el caso de las desapariciones forzadas remite a un problema crónico del Estado mexicano y a la incapacidad de la 4T para abordarlo en su justa dimensión; hay un avance sustantivo en la gestión de Sheinbaum, pero, a juzgar por las reacciones de especialistas, organizaciones y familiares de las víctimas, insuficiente ante la escala de esta tragedia.
Es distinto el caso de la Colección Gelman, más puntual, o los derrames de petróleo cuya frecuencia comienza a ser preocupante y exigiría algo más que una declaración aislada por parte de la autoridad frente a cada incidente.
Pero hay un elemento común en la reacción del gobierno en todas estas polémicas, más allá de sus diferencias de fondo: la respuesta defensiva-agresiva. En los tres casos hay un patrón que se repite. Una reacción molesta de parte de la Presidenta por el manejo de mala fe de los medios críticos, que distorsionan o destacan la peor lectura posible del tema en cuestión. La respuesta normalmente se ofrece en la mañanera, a veces sobre lo publicado apenas unas horas antes, y suele dar lugar a una descalificación del mensajero, un reclamo indignado y una defensa a ultranza de la inocencia de la autoridad respecto a las faltas o críticas recibidas. La reacción de la mandataria suele descender en cascada y luego es reproducida por otros funcionarios con epítetos de creciente virulencia. En conjunto, me parece, una estrategia equivocada, un control de daños que termina dañando. En la mayoría de los casos se trata de temas sensibles entre la opinión pública, sobre los cuales históricamente los gobiernos han hecho poco o lo han hecho mal. Una defensa categórica de parte de un gobierno que pretende el cambio es contraproducente y/o muestra insensibilidad.
En algunas ocasiones la prisa por defenderse lleva a ofrecer información improvisada o contradictoria que obliga a alguna penosa rectificación. Tal fue el caso de las famosas piernas en la ventana de Palacio, que originalmente fue atribuida a la inteligencia artificial y llevó a ridiculizar a los medios de oposición por haber sido chamaqueados. A la postre el gobierno debió rectificar, reconocer el hecho y precipitar el despido de una funcionaria. Lo que no pasaba de ser una noticia más bien anecdótica y curiosa se convirtió en una exhibición bochornosa para el aparato de información que rodea a la Presidenta. Más de alguna columna de opinión señaló la falta de protección que padece Sheinbaum de parte de su equipo de comunicación.
Sin embargo, me parece que el problema de fondo remite a otra cosa y es más bien político. Por un lado, hay una conciencia aguda por parte de López Obrador, antes, y Claudia Sheinbaum, ahora, de que afrontan poderosos intereses, contrarios al cambio, que además tienen el control de la mayor parte de los medios de comunicación tradicional. Una y otra vez la mandataria confirma que estos medios informan en los peores términos con la intención de dañar la imagen del gobierno. El error, me parece, reside en confundir al mensajero con el mensaje, en reducir el tema a la versión distorsionada con la que ha sido presentada por sus detractores. En su defensa el gobierno termina por desestimar la importancia de problemas que constituyen una fuente de preocupación legítima por parte de la opinión pública (trátese de la desaparición de personas, del derrame de combustibles o la posible pérdida del patrimonio artístico).
Me recuerda el cuestionable manejo que López Obrador hizo en su momento de las marchas feministas, al inicio de su gobierno. Indignado por el tratamiento de los medios críticos a las manifestaciones del 8 de marzo o de los intentos de la derecha para aprovechar la molestia de las mujeres, cuestionó innecesariamente la naturaleza del movimiento. Una causa que históricamente y en todo el mundo ha estado mucho más cerca de la izquierda que de la derecha, terminó distanciada de la 4T y favoreció el discurso de la oposición.
Me parece que en todo esto hay lecciones de fondo. Tratándose de una figura que se formó en temas ambientales y al ser la actual responsable de un movimiento cuya esencia es la defensa de las víctimas, la respuesta de Claudia Sheinbaum tendría que estar mucho más centrada en las causas, o al menos en las preocupaciones legítimas y la desesperación, que en los opositores que intentan sacar provecho de las tragedias o los escándalos.
Puede entenderse la indignación de la Presidenta frente a las críticas. Ella conoce el esfuerzo que su gobierno está haciendo en cada uno de estos renglones. Pero tampoco puede ignorar que en estos temas hay problemas de fondo que no han sido resueltos, o no todavía, a pesar de lo que se esté haciendo. Y más importante, un movimiento con la carga ética que la 4T se atribuye, tendría que dar paso a la sensibilidad y compasión, y asumir que en la base de esos problemas hay víctimas concretas que los están padeciendo, pescadores que pierden su trabajo o madres buscadoras que terminan asesinadas. Eso es mucho más importante que los buitres que intentan extraer una ganancia política.