Mientras que en países avanzados en seguridad un accidente mortal es motivo de asombro y amplia publicidad, en nuestro país no pasa de un pasajero o nulo lamento, sin preocupación por la incidencia.
Conductores de tráileres “juegan” carreras en camino sinuoso y de noche, camiones de todo tipo que carecen de carnet de servicio e improvisados conductores que no pasarían la prueba de manejo, son protagonistas de una accidentalidad cuya tasa por cada cien mil habitantes va de 13.2, 13.3 y 13.5 en los últimos años, lo que significa que el promedio de muertes por accidente es superior a los 14 mil, lo cual resulta alarmante, pero solamente refiriéndose a las carreteras.
Si a esas cuantificaciones se les agregan las personas que fallecen por otras causas, entonces estaremos ante un problema grave de salud pública… y más grave cuando no hay acciones enérgicas que pretendan reducir el problema.
Cuando se inventó el automóvil, que causó una revolución industrial y social, apareció en 1901 el primer accidente mortal en los Estados Unidos: una persona resultó atropellada, lo que hizo que la autoridad no sólo reconociera el peligro, sino que actuara a tiempo, estableciendo reglas de conducción, agentes de tránsito prolongados a las carreteras con uso posterior del radar, señalamientos fijos como el semáforo; además, nació un organismo que se llamó Consejo Americano de Seguridad.
En México, la Secretaría de Salud ha estado trabajando para abatir ese tipo de casos a través del Secretariado respectivo; sin embargo, no cede la tasa, a la cual se une la accidentalidad de las motocicletas, que ya rebasa los mil muertos por año.
Pero también las personas fallecen por otro tipo de causas, como en los incendios, siendo el más fatal el ocurrido en Hermosillo, Sonora, hace 17 años, con niños muertos y más de 100 lesionados, caso que no se ha cerrado judicialmente por tratarse de niños afectados.
Quien analiza las circunstancias de cada caso donde el costo es la vida humana, invariablemente llega a la conclusión de que no se trata exactamente de accidentes (caso fortuito o de fuerza mayor), sino de algún tipo de negligencia, falta a las normas o la peregrina idea que arguye interiormente el causante: “en mi empresa y persona no va a pasar nada”, falso sentido de la seguridad, imperdonable en la industria de alto riesgo.
La persona previsora es aquélla que analiza todas las posibilidades de accidente a su alrededor, sobre todo en el hogar.
Los padres y maestros están obligados a enseñar las prácticas de la prevención en los menores, por ejemplo, caminar por las aceras, cruzar la calle por las esquinas sin autos a la vista, no usar la calle como cancha.